Los
efectos de placebo son tantos y tan variados que el significado de la palabra
ha debido ser ampliado para incluir no solo aquellos que son favorables sino
también los que son desagradables y aun peligrosos... el hombre tiene una
infinita capacidad para auto engañarse- Dubos, Rene.
Todos
los días Rita llegaba a su casa cansada de trabajar horas extra que siempre
prometían pagarle, pero que nunca le pagaban. Nada más cruzaba la puerta de su
modesto apartamento rentado, arrojaba su uniforme de vendedora de mostrador de
dulcería sobre el sofá y se desacomodaba el cabello hasta ese instante bien
peinado. Cruzaba la sala que era una pieza diminuta hasta el escritorio donde
yacía su ordenador de escritorio. Entonces se acomodaba en una vieja silla de
madera forrada provisionalmente de un cojín maltrecho y encendía la CPU. Ahí, la vida de Rita cambiaba.
El
sonido casi imperceptible del regulador que jalaba la corriente eléctrica y el
de la memoria llenándose de la vitalidad de los voltios que consumía voraz,
pero discretamente, hacían que los problemas del trabajo se fueran de la mente
de Rita. Ya no importaba la señora exigente que le había hecho pasar una
vergüenza al decirle que no sabía ni pronunciar Ferrer & Rocher. La
estática que reventaba las partículas de polvo de la pantalla del monitor
cuando este se encendía hacía que las dudas de Rita se fueran como el éter.
Ahora carecía de significado el regaño de su odioso jefe, un déspota miniatura
que se pasaba la vida buscándole errores a Rita, cosa que era demasiado
sencilla. Aún mejor, con el "clic, clic" del ratón y el sonido
del MODEM que hurgaba en el mundo virtual y buscaba un espacio donde colarse en
la red, Rita se sentía de maravilla, hasta una sonrisa se le dibujaba en el
rostro y ya no importaba nada. Absolutamente nada, ni el casero exigiéndole lo
suyo, ni la leche rancia que se descomponía más y más en la cocina, ni la
alfombra que guardaba como banco tacaño los pelos de los tres gatos de Rita.
¡Ya nada de eso importaba! Sin esos sonidos, sin esa máquina, sin la red, Rita
ya se habría cortado las venas hacía mucho.
Después
de tres o cuatro ventanas abiertas conectadas a distintos sitios y con el
reproductor de música rock a todo lo que daba, mientras decenas de nuevas
canciones se agregaban a la fonoteca del disco duro de la máquina de Rita, ella
estaba ya en su elemento; la música escapaba por las bocinas del mini
componente conectado, como casi literalmente lo estaba Rita, a la máquina.
Otras ventanas de dialogo se abrían y Rita comenzaba conversaciones eternas con
"Romeo" o con "Delanox" o con "La luz de la vida
comienza por ascender... (Y mil palabras más)", Rita era nombre clave
"Placebo" y como "Placebo" Rita era fabulosa. Un día, cuando
el Kazza trabajaba a tope para “bajar” "Bulletproof cupid" del
grupo homónimo del nickname de Rita, además de tres canciones más de
otros grupos, ella estaba divirtiéndose en conversación dentro de su grupo de
fans de Placebo (el grupo de rock) cuando a la conversación se
agregó un nuevo integrante: "Napster Survivor"
El
nuevo integrante le "habló" primero a Rita. El ―Hello there―
indicaba que el tipo del otro lado de la pantalla pertenecía a un
país anglosajón. Rita, que aún no dominaba el idioma inglés al cien por cien, recibió de manera cortés al nuevo agregado,
pues como “Placebo” Rita era educada y hasta valiente.
―Hello, who's there?
―Me of course.
―Do you like Placebo music?
―A little.
―”A little” is not enough for
state here.
―Run
away me.
Resultó
ser que "Napster survivor" era en realidad Andy Stanton, residente de
Cambridge, al sureste de Inglaterra. Era catedrático recién contratado en la
Universidad y tenía treinta años de edad. También sucedió que él y Placebo, o
sea Rita, se convirtieron en poco tiempo en buenos amigos. Los separaba un océano, pero los unía un cable de fibra
óptica y el gusto por la misma música.
Pasó un
año, Rita se había ciber-enamorado de Andy, aunque que él estaba a punto de casarse con Ivanka Kobac, que estudiaba una maestría en la
universidad donde Andy laboraba y era nativa de
Croacia. Pero a Rita no le importaba mucho eso porque, lo que son las cosas,
Rita ya había tenido ocasión de platicar con Ivanka en la red durante ese año, a invitación de Andy por su puesto, y le había parecido
que ella era una buena persona.
A
menudo los amigos se enviaban postales, una de Chichen Itzá para Inglaterra,
otra de Stonehenge para México; intercambiaban canciones,
opiniones, fotos de ellos mismos y se enviaban regalos no virtuales
por paquetería. Sin embargo, la fantasía de estar algún día con Andy le parecía a Rita justamente eso, una fantasía.
Un día, Andy e Ivanka decidieron invitar a
Rita a Inglaterra. Rita se emocionó mucho con la idea ya que tenía veinticinco años y jamás había salido de la ciudad y
ahora cruzaría el Atlántico. Le costó pedir permiso en su
trabajo para que la dejaran adelantar sus vacaciones, pero en
un esfuerzo que hasta a ella misma le sorprendió, convenció al maldito de su
jefe de que le concediera dos semanas aunque Andy
la invitaba por un mes.
Rita
alistó sus maletas y partió con todos los gastos pagados a Inglaterra, ahí por primera vez conoció a Andy en persona y si en foto el hombre era guapo, en
persona lo era más. También conoció a Ivanka. ―Ella
es bonita, pero no mucho ―pensó Rita.
La
amistad virtual entre Rita y Andy se amalgamaría,
se convirtió en realidad y viró hacia otro derrotero del que pocos pueden disuadirse de ir: el juego de intercambiar
datos por la red se cambió por el de intercambiar miradas. En esas dos semanas Rita conoció el Big Ben, la Torre y el Puente de
Londres y otros atractivos de aquel país. Asistió a un concierto de Placebo en
Chelsea y ocurrió que en uno de los últimos días de la visita de Rita, ella y
Andy se besaron teniendo como marco el frío del Mar del Norte. Ninguno de los
dos habló de eso en el poco tiempo que les quedó. Rita sabía que no era correcto
y no hubiese sabido qué decir a Andy. Entonces, Rita regresó a México. La despedida fue efusiva y nada más.
Seis
meses después Andy e Ivanka decidieron visitar México. La pareja siguió en
contacto estrecho con Rita a través de la red y por eso ella pudo preparar la
bienvenida para sus invitados que todavía no contraían nupcias.
Así,
Rita fungió como su guía de turista. Llegaron para el verano y disfrutaron del
calor y de las playas, de la cultura y de la hospitalidad de Rita que cada vez
era más "Placebo" y menos Rita. Andy e Ivanka tendrían que regresar a
Inglaterra para dentro de un mes casarse, pero Andy no podía ahora vivir sin Rita y ella sin él. Eso último se comprobó en la ciudad de
los dioses, a la cima de la pirámide del Sol, Andy y Rita llegaron extenuados a
lo más alto del monumento milenario pues habían subido lo más rápido posible. Ivanka por su parte, y a quien lo gustaban esos
juegos de subir pirámides milenarias por simple diversión, había preferido ir a comprar artesanías.
―¡Me
encanta mi país! ―dijo emocionada Rita en la cima de la pirámide, bajo un sol ardiente, mientras Andy se quitaba su sombrero y se limpiaba el sudor de su
frente con una pañoleta
―¿Te gusta
mucho? ―le preguntó Andy que ya hablaba algo de español.
―No
tanto como... ― se le escapó decir a Rita quien por momentos regresaba a su
antigua yo, esa que en ese instante hubiera preferido
arrojarse al vacío por la escalinata despreciando su vida; esa antigua yo, que
jamás hubiese gritado que su país le encantaba antes de maldecirlo, esa que nunca habría dicho a ningún chico, fuese Andy Stanton o
el pobre que le entregaba las pizzas, que le
gustaba.
―¿No
tanto como qué o… quién? ―jugó Andy, y Rita solo lo miró con una sonrisa
evasiva.
Entonces
Andy lo dijo
―Te
amo, ven conmigo a “England” ―la sonrisa de Rita se borró de tajo y ella
miró entonces hacia la calzada de los muertos. Deseó que entre ella y Andy
hubiese una computadora de por medio para así poder decirle ―Sí, me voy
contigo― pero en cambio, no dijo nada. Él tampoco insistió. Ambos bajaron y se
reencontraron con Ivanka.
Llegó
el día de irse. Andy e Ivanka subieron juntos al avión, Rita los despidió en la
misma entrada, pero justo antes de que el avión despegara rumbo a la isla, Andy
apareció por el pasillo que daba de la sala de abordar,
no corrió, solo fue tranquilo hasta donde estaba Rita que no supo qué hacer al
verlo.
―A ti
es a quien quiero ―le dijo Andy. Luego se abrazaron y enternecieron al personal
del aeropuerto y a otros testigos presentes. Un niño travieso hacía como que
vomitaba al ver que Rita y Andy entraban en el beso más largo. Rita se sentía
en un sueño y más de alguno en el aeropuerto pensó que alguna telenovela se
filmaba ahí, la escena fue melosa pero no hubo cámaras.
Rita
fue feliz y reflejó esa característica en todo lo que hacía. Tenía una vida, un
motivo y ya casi no tocaba la computadora aunque a veces necesitaba escuchar a
Placebo y su rock. Renunció a su antiguo empleo y encontró uno mucho mejor.
Además comenzó a estudiar una carrera universitaria. Rita
se autosuperó en exceso.
Su amor
con Andy era una metáfora de la vida en el paraíso. Todos los días se veían. Andy consiguió un empleo como profesor de inglés en la
universidad donde Rita estudiaba y durante algún tiempo ambos vivieron juntos
en un modesto departamento hasta que Andy convenció a Rita de regresar a
Inglaterra y establecerse en Londres.
Así lo
hicieron y la relación creció de manera considerable. Ya en la isla, Andy y
Rita comenzaron a planear el gran día de su boda. Varias veces Rita se detenía
a pensar en cuan afortunada era, en cuan dichosa era por encontrar a Andy,
tanto que un día mientras estaba sola en casa le dijo a la máquina ―Gracias― y
sin pensarlo mucho la encendió y regresaron los buenos recuerdos. Entonces
decidió, empujada por la nostalgia, entrar en la red. Ahí encontró la carpeta
de Andy y sintió curiosidad por verla. No encontró nada nuevo, pero miró en la
carpeta de direcciones, la lista de amigos que Andy tenía en la red, en ésta
estaban muchos nombres, algunos los conocía y otros no. En medio de la lista
estaba el suyo y la fecha en la que hablaron de modo cibernético por primera
vez. Rita se enterneció. Miró al final de la lista y la última persona era
alguien llamada Linda de Sudáfrica. No le molestó en lo más mínimo, Andy solía
tener amigas virtuales en otros lugares del mundo. Luego echó un vistazo hacia
arriba de la lista que acomodaba los nombres por fecha de encuentro y vio el
nombre de Ivanka, pero tampoco le molestó. Ivanka era ya cosa del pasado de
Andy y no había hecho ningún intento de buscarlo.
En
Londres, Andy obtuvo mucho trabajo. Pasaba mucho tiempo frente a la máquina,
escribía y buscaba información en Internet. También charlaba demasiado tiempo
por la red.
Casi
sin notarlo, gradualmente, Rita y Andy comenzaron a distanciarse. Ella se dio
cuenta demasiado tarde de esta situación y cuando lo hizo, inconscientemente se
negó a aceptarlo. Nada podía salir mal, porque antes de Andy, que fueron
veinticinco años, todo salía mal. Ahora la vida, sentía Rita, le pagaba todos
los malos ratos y desaguisados de su madre alcohólica, de su padre inexistente,
de los niños que se burlaban de ella en la escuela, de los chicos groseros que
en la preparatoria que solo la usaron. Pero la vida no es justa, no paga, solo
cobra.
―Quiero
cancelar la boda ―le dijo una mañana Andy a Rita, quien hubiese preferido un disparo en la cabeza. Rita estalló entonces, Andy no pudo explicarse y
decidió evadir el anuncio arrepintiéndose de
haberlo comunicado a Rita; pero solo de habérselo dicho, no de cancelar la
boda.
Muchas
pláticas que terminaban en discusiones hirientes siguieron a este episodio y la
última de ellas fue la definitiva: Rita se levantó temprano, madrugó para ser
más exactos, y encontró a Andy en el estudio de la casa, frente a la
máquina.
―¿Qué
haces? ―le preguntó ella.
―Trabajo
―dijo él sin siquiera mirarla.
―No es
cierto ― sentenció Rita.
―So
is not, what?
―¿Con
quién platicas? ―insistió Rita y ahí la situación se convirtió en algo sin
control.
―People
―contestó Andy de manera seca y todavía no miraba a Rita a la cara.
―¿Gente?
Hay más personas en este mundo no solo tú ―dijo molesta y continuó―Mañana regreso a México.
―En eso
quedamos ¿no? ―dijo él de manera irónica.
―Eres
un… pendejo.
―Un
pendejo cortés, te acompañare al aeropuerto. Yo también salgo.
―Ah sí.
¿A dónde?
―To
Southafrica.
Fue un
golpe que a Rita le asestó en el alma.
―Estas
enfermo, ¿sabes? ―dijo ella.
―Sick?
―Sí,
maldito ¡Eres un enfermo! You
fucking sick! ¡Eres adicto a
esa cosa!
―Gracias, now go away and
leave alone.
―Hay
alguien más, ¿no? ―preguntó Rita con una leve esperanza de que Andy le mintiera
para así no salir tan humillada de aquella isla.
―¡Sí!, yes!,
oui! ―gritó Andy eufórico, levantándose de la silla y dirigiéndose hacia
Rita con violencia―What you gone do? ―le preguntó casi amenazante y
fuera de control.
Rita
comenzó a llorar y eso detuvo a Andy en su avanzada, también lo hizo volver a
su asiento frente al monitor. Tomó el mouse y comenzó
a cerrar ventanas.
―¿La
amas? ―preguntó Rita sin saber por qué.
―Tanto
como alguna vez te amé a ti. Tal vez mucho más.
Herida,
Rita insistió, sin saber qué quería.
―¿Qué
nos pasó, Andy? Hasta hace unos meses éramos felices. Disfrutaba estar contigo todo el tiempo, pero ahora pasas todo el día en esa máquina. No lo
soporto más.
Andy
parecía no escuchar a Rita. Confirmo "Turn Off" a la
computadora y solo miraba el monitor. Rita quería salir de ahí con sus sospechas confirmadas:
ahí había un patrón que se leía entre líneas. Entonces decidió lanzar la
pregunta de manera directa, pero no se le ocurrió
cómo. No podía, no tenía fuerzas, hasta que un poco de fortaleza le
salió de dentro, un poco de "Placebo" volvió a ella en ese instante, y preguntó.
―¿Cómo
conociste a Ivanka?
―¿Ivanka?
¿Qué tiene ella que ver? Te aseguro que no es ella ―contestó Andy impacientado
porque la computadora tardaba una eternidad en apagarse.
―Contesta...
solo contesta ―exigió Rita.
―Ya te
lo dije alguna vez ―contestó Andy mientras la pantalla del monitor se perdía en el negro eterno y le hizo sentirse incómodo. Le hizo sentirse como un
alcohólico que no quería darse cuenta de su enfermedad. Se
volvió entonces a hacia Rita y vio que ella no estaba de pie, ahora yacía sobre el sofá, tenía lágrimas en los ojos,
pero se veía tranquila. Lentamente Rita volvió a
articular palabras.
―Me
dijiste... me dijiste cuando fue la primera vez que la viste
físicamente peco nunca...
―De
acuerdo ―interrumpió Andy―, ¡por Internet!
Rita se
levantó del sofá y salió de la casa. No se arrojaría al Támesis
porque la que salió de la casa fue "Placebo", quien ya no podía irse nunca más de Rita. Mientras, Andy masticaba su locura y el CPU de la maquina se apagaba.

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