Había
mucha gente por todos los recovecos de la parte trasera del escenario y caminábamos
entre ese ajetreo con trabajo. La luz era tenue y había una espesa niebla
debido a los juegos pirotécnicos utilizados por el grupo abridor. También hacía
calor porque las innumerables lámparas que había por todos lados no dejaban de
recordarte que estabas entrando a la sucursal del infierno que era un concierto
de metal. El ambiente de espera provocaba el silencio impaciente, el tímido murmullo
del público que aguardaba y que tal vez eran unas cuarenta mil personas.
Yo
seguía a Robert muy de cerca pues temía perderme en ese laberinto de cables y
consolas, y es que si me perdía, mi falta de gafete que me diera permiso de
estar ahí, haría que los gorilas de seguridad me echaran con violencia. Pero
Robert era mi amigo y tendría yo que lavar su horroroso Rambler Gremlin 82
durante todo un año por este favor que me hacía: me había introducido
clandestinamente a la zona reservada solo para los técnicos, los productores y
si… los músicos. Después de bajar una escalera estrecha el
mar de gente con auriculares y credenciales disminuyó notablemente, un ruido
estruendoso se escuchó e hizo dar un grito de júbilo a la audiencia mientras
Robert y yo nos deteníamos ante una puerta de madera tan común y corriente que
pensé que daría a otro interminable pasillo, pero mi guía tocó la puerta con un
ritmo que me hizo pensar de inmediato en una contraseña.
Un
hombre con el cabello rubio hasta los hombros, chaqueta y pantalones de cuero,
maquillaje estrafalario, alto como un basquetbolista, nos abrió la puerta. Yo
no lo podía creer, era T. Schultz, el baterista.
―¡Hi Schultz! ―dijo Robert a la leyenda de la bataca como si saludara a su vecino
de enfrente en un domingo ordinario por la mañana. Schultz apenas si contestó.
Parecía ser alguien muy serio y con esa seriedad de funeral nos invitó a pasar
a Robert y a mí. Mi amigo trataba de explicarle con cierta angustia a Schultz
que yo era amiga suya, mientras yo observaba a George Stigler, el bajista
extraordinario con su enorme cabellera ensortijada, colocarse en su cuello unos
dijes con leyendas como "Satán is god". Junto a él estaba H. Simon,
el vocalista e icono del grupo, hacía gárgaras con lo que parecía ser un
enjuague bucal al tiempo que una chica sin gracia le cepillaba la larga
cabellera. Más al fondo, Lawrence Klein movía los dedos como el virtuoso
guitarrista que era y sacaba de la famosa "Apocaliptic", su ESP
personalizada con imágenes del infierno de Dante, acordes tranquilos,
placenteros y casi melancólicos que contrastaban con su estrafalario aspecto de
roquero rudo y temible. En ese momento me di cuenta del enorme privilegio pues
yo estaba frente a toda la banda de "Dead Heaven".
No es
que yo fuera fan de la banda, pero como para muchos, Dead Heaven había sido el
portal de entrada por el cual yo había conocido el heavy metal, de ahí al
satanismo no faltó mucho trecho, de hecho yo era fan de "Job 7:0",
una banda mucho muy subterránea que solían hacer sacrificios de animales sobre
el escenario y que no tenían los discos de platino de los hombres que ahora
tenía ante mí. En resumen, Dead Heaven era la banda de metal pop que los
satánicos nos permitíamos escuchar de vez en cuando. Entonces, Klein
interrumpió su ensayo al tiempo que Robert me presentaba con toda la banda:
estreché la mano de todos ellos y realmente sentí cierta emoción. Todos fueron
sumamente joviales, se relajaban antes de su presentación y me ofrecieron un
vaso de agua, yo me sorprendí pues esperaba ver el lugar lleno de rameras,
drogas y licor, pero en cambio estaba ahí dentro esta gente normal con un
disfraz de día de brujas. Se los juro, ¡ninguno fumaba! Klein entonces me
preguntó por la camiseta que yo llevaba puesta, era ésta una prenda en negro
intenso con una calavera que escurría sangre y con los sesos saliéndole por las
cuencas de los ojos, debajo estaba escrito el nombre de Dead Heaven en
tipografía gótica que simulaba una inscripción en plata pura y reluciente, a la
espalda tenía las fechas y lugares de la gira de 1997.
―¡l'm a fan! ―mentí.
Klein,
que pareció leer mi mentira en mis ojos, me pidió con expresión dura que
tendría que dar más prueba que eso para subir del nivel de consumidor de
accesorios a verdadera fan del grupo. No me sentí asustada, la historia y todas
las curiosidades del grupo las sabía desde que era adolescente, tal vez habría
problema si me llegaban a preguntar sobre alguna letra de una canción que no
hubiese sido sencillo, pero Klein me dio a "Apocaliptic" en mano, la
tomé primero sin conciencia de la reliquia que se ofrecía sobre mis manos, supe
que ya tendría algo que contar para toda mi puta vida.
Klein
me pidió tocar "Culpa" sencillo de su tercer disco. Afortunadamente
yo era guitarrista de mi propia banda ―que según yo si
alababa a Satán, no como lo hacían estos niños de kínder ―, y sí, yo sabía esa canción. Toqué, lo hice bien y hasta recibí un aplauso
de los demás, excepto de Klein, pero de él obtuve algo mejor, durante algo así
como diez minutos, el músico consagrado compartió con esta aficionada que ahora
les habla una serie de consejos fantásticos, primero me corrigió desde la
postura de mis dedos hasta la forma en que mis dígitos pisaban
los trastes. Por un momento me olvidé de todos mis problemas ―que eran muchos ―y pase un rato muy agradable con esas
figuras del rock. En medio de mi idilio musical, Robert me hizo una seña con la que me indicó que ya era suficiente y me pidió que me
despidiera pues si me quedaba más tiempo tal vez lo metería a él en problemas.
En ese momento la atmósfera de la habitación se hizo densa y por la puerta
entró un caballero muy bien vestido. Se le veía como alguien insignificante y
no tenía un comunicador ni un gafete. Toda la banda y mi amigo se alegraron
mucho de verle, el hombre se abrió paso entre ellos y se mostró indiferente ante sus halagos. Cruzó la habitación hasta estar de pie enfrente de mí. Me
miró de pies a cabeza y yo esperaba que me echara del lugar por carecer de
permiso para estar ahí. Pero…
―Tan altanera y miedosa como siempre― me dijo.
Yo no
me sobresalte pues de inmediato me vino la idea de que me confundía con alguna
otra persona.
―A tu madre la has hecho sufrir mucho y ni
que hablar de Iván ― cuando el hombre terminó de decir eso el
miedo me escaló por el cuerpo como una melodía paralizadora, este hombre no
tenía por que saber que había abandonado a mi madre a su suerte en un manicomio
con fachada de asilo y que a Iván le había hecho la traición de abortar a su
hijo porque, por su puesto, yo no estaba para eso de ser madre. Para mi
fortuna, Iván había cancelado nuestra boda luego de eso. Después continúo…
―Y te crees tan grandiosa... tú, hija de
mierda. ¡Mírate! Vienes aquí a mi casa a decirme que me alabas realmente. Tú
dejaste de hacer eso hace mucho. ¿Crees que me satisface la sangre de un
cordero? ¡Imbécil! Mejor trabaja conmigo, ¡deja de ser consumidor de camisetas
y únete a mí!
Mientras
el hombre hacía el recuento de mis errores y mis vergüenzas miré hacia Roberto
solo para observar que él tenía una leve sonrisa sobre su rostro, los demás
estaban serios y la dama que había estado acicalado el cabello del vocalista
ahora tenía el aspecto de una ramera.
El
hombre aquel se volvió también hacia ellos y luego se encamino hacia la salida
mientras decía ―Lo que quieras será tuyo si estás conmigo,
absolutamente todo lo que quieras― después, dirigiéndose a los demás les
ordenó:
―¡Ustedes a escena! El show debe continuar― y salió por la puerta.
Los del
grupo salieron y Klein me dijo:
―I hope you state with us.
Look at me; I can play the guitar now.
Robert
por su parte, me dio una palmada por la
espalda y me acompaño hasta la salida mientras los Dead Heaven iniciaban su
presentación ante los gritos de sus fanáticos.
―Sucede que la primera vez siempre es
así ―me decía Robert―, te asusta, pero después te acostumbras al jefe. Es mal hablado y te trata
como escoria, pero creo que es para mantener las apariencias y los
estereotipos; pero la verdad es que te da lo que le pidas, si haces lo que a él
le gusta. La música es solo uno de sus negocios, gadgets, mineras, armas,
virus, comida para bebes, todo. De hecho, el jefe está detrás de cada artista
comercial, solo tienen que aceptar volverse mercancía y él los hace dioses. Yo
no tuve tanta suerte, pero estoy muy bien porque no necesito mucho y tengo lo
que quiero, mi auto, mi casa y la mejor heroína del mundo. La cosa es así,
entre más sacrifiques más te da. Ve a los dueños de los supermercados, a los
políticos y tantos otros, todo lo que han logrado es porque han pactado con el
jefe. A él no le gusta lo que tú haces porque lo que tú haces no vende y hasta
es malo para el negocio. Tu intención es buena, pero todo eso de los ritos y la
sangre nos da mala imagen, tienes que saberlo manejar... Piénsalo un poco, él
te ha ofrecido dejar de ser un consumidor y, amiga mía, ser consumidor es lo
peor de este mundo.
Quisiera
decirles que no volví nunca a todo aquello y que continué con mis inocentes
sacrificios de corderos, pero no puedo porque hoy soy parte del equipo de
ventas de Dead Heaven y ¡me encanta!

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