Cuando entré
a la universidad sabía que me encontraría con gente de todo tipo, sin embargo
nunca pensé que alguna persona me hiciera dudar de lo que creía y lo que veía.
Nunca pude entender la magia hasta después de esa etapa, éramos metódicos,
monjes de las matemáticas y dogmáticos de las explicaciones lógicas, pero ese
hombre me hizo dudar de absolutamente todo, se llamaba Alejandro Pingala.
Desde el
principio de los cursos nos comenzamos a interesar en Pingala, él era un tipo
sumamente divertido con un carisma que atraía multitudes. Él y yo, con otros
jóvenes de nuestra generación estudiantil congeniamos hasta formar una espacie
de sociedad que tenía el principio básico de jamás delatarse si es que alguno
hacía algo incorrecto (y adorábamos hacer cosas incorrectas). En total, el clan
lo formábamos cinco incluyéndome a mí, y nuestras diversiones consistían en, hacer
toda clase de bromas estúpidas en clase hasta armar caos en los constantes
actos políticos y tocadas de rock que se realizaban dentro y fuera de la
Universidad. En este grupo compacto de amigos, él que más éxito tenía con las
mujeres era Pingala; era guapo, vestía bien y dinero no le faltaba, él que era
el alma de cada fiesta, el más culto, en resumen, el más magnífico de todos
nosotros era… Pingala.
Es clásico
que el tipo que cumple con las características anteriores es el que obtiene
siempre las notas más bajas, pero Pingala era un tipo de calificaciones
excelentes.
¿¡Cómo
alguien podía ser tan capaz en el estudio y dar la apariencia de estar poco
interesado en sus labores académicas?! Yo y casi todos sabíamos la repuesta, o
por lo menos creíamos saberla: Pingala hacía trampa en los exámenes. Y había
razones más que suficientes para afirmar esto, la primera: Pingala vendía sus
sistemas para hacer trampa a otros que así se lo pidiesen, él mismo se adulaba
diciendo que un “sistema” hecho por él era tan efectivo como una vasectomía,
nunca de los nunca te descubrirán si lo usas bien, incluso ofrecía garantía con
su compra. La segunda razón era más personal: Pingala, en cuatro años que
estuvimos juntos en la facultad, me describió con detalle cada uno de los
dispositivos con los que hacía trampa en los exámenes de todo tipo; yo le
escuchaba con atención y con molestia al mismo tiempo, todo lo que me decía
sobre que en la preparatoria había comenzado a dejar de estudiar inútilmente en
favor de una tarjeta no más grande que una carta de póquer que contenía
sintetizado, de manera magistral, un curso de veinte clases de tres horas al
semestre, me daba una rabia terrible porque yo y los demás todavía teníamos que
estudiar o asumir el enorme riesgo de hacer trampa burda sin ser descubiertos. Pingala
contaba que había puesto “sistemas” en casi cualquier lugar posible; debajo de
las mangas de sus camisas, en los bolsillos de su pantalón, pegados a las
propias hojas de los exámenes o debajo de su pupitre. Había lugares todavía más
inéditos que dependían de las circunstancias; como si se sentaba cerca de la
pared, la tarjeta era remplazada por un pedazo de papel que fuese lo más
similar al color de la pared o también si sentaba cerca del ventanal lo más
seguro era colocar la trampa mimetizada con la cortina. En los exámenes que se
realizaban en época invernal, Pingala gustaba de colocar sus síntesis debajo de
su bufanda y aunque realmente no necesitaba de usar anteojos, a veces los usaba
ya que sobre el cristal solía escribir fórmulas matemáticas con una navaja de
afeitar. En ocasiones realizaba la treta de forma cínica y hasta descarada,
ajustaba su táctica de acuerdo al maestro; si este último pecaba de confiado o
distraído, Pingala colocaba las respuestas en el travesaño que hacía de soporte
a la mesa del escritorio o, incluso, como para hacerse querer por todos, las
apuntaba en el pizarrón con un escritura en tiza muy difuminada para que el
profesor en turno no se diera cuenta, pero legible para todos los que se
sentaban cerca. Pese a este descaro, el tramposo nunca sacó un cuaderno durante
una prueba. No importaba de qué tipo de prueba se tratase, ya fuese de
reactivos a desarrollar o de incisos, Pingala siempre sacaba las notas más
altas del grupo y solo algunas pocas veces no alcanzaba la excelencia.
Una vez vi
cómo logró vencer una prueba de lector óptico. Según él, consiguió el mismo
programa que de antemano sabía se usaba en la facultad para elaborar este tipo
de exámenes, lo estudió ―¡qué ironía!― y descubrió que la máquina tenía la
capacidad de acomodar las respuestas con cientos de combinaciones posibles para
un examen de tan solo diez preguntas (la prueba constaba de 20 preguntas).
También se dio cuenta que de todas estas opciones estaban a disposición del
usuario siempre en el mismo orden numeradas del uno hasta el fin de posibilidades,
esto hacía que, para evitarse la fatiga de revisar todas las combinaciones, el
usuario sumamente práctico escogería de entre las cinco primeras que eran las
que alcanzaban a aparecer en primera instancia sobre la pantalla. Bueno, ese
día la profesora aplicó su examen con cinco variantes diferentes, lo cual fue
una medida inútil para detener a Pingala ya que él nunca copiaba.
A mí me tocó
el examen "B" y después de unos cinco minutos de iniciada la prueba, Pingala,
que estaba sentado al lado mío me dio su hoja de preguntas, al principio no le
entendí el gesto hasta que mire que respondía la hoja de respuestas sin su hoja
de preguntas.
En ese
examen Pingala sacó un diez y yo solo logré un siete. Él se pavoneó ante mis
ojos, pero nunca le dije cuánto me molestó eso. Lo que si le decía
frecuentemente era…
―Te haces el
imbécil, Pingala, tú y yo sabemos que eres demasiado listo como para hacer
trampa en los exámenes. Si asistieras a clase más seguido en lugar de solo
pedir los apuntes aprenderías más e igual contestarías el maldito examen y
sacarías siempre "A".
Pero Pingala
me dio una de esas respuestas que esta vez estaba dentro de su mente y no
escrita en un papel con letras diminutas.
―De esa
manera no me serviría ser listo. Esos exámenes, esas notas, no dicen nada. Son
solo un estúpido requisito para sacar tu título que no es otra cosa que el
pasaporte con el que te dejan entrar al club de la vida por la puerta de
enfrente. Ya dentro del club, todas estas pavadas que nos enseñan no sirven de
nada, si te quieres acostar con la chica más linda no te sirve de nada tu
tarjeta con la longitud de tu verga en ella. Te la llevas a la cama, claro solo
si eres listo para llevarla allí. Después, si tienes un pene de medio
centímetro ¿Qué importa? Ya te acostaste con ella ¿no? Tú ya sacaste lo mejor
¿Qué importa si ella se molestase? ¿Qué importa si todo el jodido mundo se
molestase?
La vulgar
analogía me pareció estúpida pero efectiva.
En el último
semestre de la carrera, para todo aquel que aspiraba a graduarse, había un
último obstáculo que era el mayor de todos, era el curso del Doctor Jove, un
auténtico tirano como profesor cuyo su salón era conocido popularmente como el
horno de Hitler.
Su método de
enseñanza, el mismo desde hacía un cuarto de siglo, era un terrible monologo
lleno de datos y fórmulas con horribles problemas para resolver, el hombre era
un puritano y rígido como la roca, no pasaba de los cincuenta de edad, nadie
jamás había logrado obtener con él, ya no digamos la nota perfecta, ¡una
"C" era el sueño de todo genio de la facultad! Por supuesto, para la
prueba de Jove todo mundo estudiaba desde un mes antes y las fiestas regulares
tenían esa larga pausa para los del último año, por ello, si llegabas a la
fiesta de graduación te despojabas del estrés acumulado para la prueba de Jove
de manera catártica.
Así, todos
estudiábamos, todos con excepción de Pingala. Ese mes anterior a la prueba
podía ver uno a mi amigo en las canchas deportivas, en la cafetería, en el
patio, en el jardín, en la maldita biblioteca, sí, pero nunca leyendo nada. Su
confianza en vencer a Jove era excesiva así que decidí asestar mi traición en
ese examen. Más aún, la prueba de Jove era la más difícil y complicada para
hacer trampa, tanto que nadie jamás lo había intentado en 25 años después de
que el último que lo había pretendido había acabado de intendente en un
McDonald's. Por otra parte, al momento de realizar la prueba estaría presente
la señorita Diana, asistente principal del doctor Jove.
Diana era el
sueño de todo muchacho, pero en especial lo era de Pingala, estaba dos
generaciones delante de nosotros y apenas tenía 20 años, era una autentica cerebrito,
pero una cerebrito con 60 cm. de cintura. En las clases de Jove a cualquiera le
era difícil concentrar la atención en otra cosa que no fuesen sus piernas
(siempre usaba falda). Las mujeres por lo general la odiaban.
Pingala me
confío que ese día sería su gran día, quería ser el primero en entregar su
examen y Jove solía siempre calificar la primera prueba mientras los demás
seguían trabajando. En ese mismo momento daba su veredicto: una carcajada suya
y el tipo era hombre muerto o peor aún, reprobado; un "retírese,
licenciado" era el mayor honor que uno podía recibir en toda la carrera,
incluido cualquier postgrado.
―Así, Diana
se dará cuenta de que soy para ella ―me decía Pingala y yo coincidía con él en
que no había otra forma más impactante de impresionar a la bella asistente.
Pingala,
contrario a su costumbre, no me contó su plan para la prueba de Jove.
―¡Vamos, Pingala!
¿Dime dónde lo llevaras esta vez? ¿En el sobaco? ¿En la entrepierna? ―le
preguntaba yo insistentemente, pero nunca reveló su secreto y cambiaba siempre
el tema. En la semana previa al gran día espié a mi camarada detenidamente, por
supuesto no podía verlo en su casa, pero me las ingeniaba para abrir su
casillero cada mañana y buscaba en vano la prueba del delito. Era como tratar
con un fantasma, pero yo lo sabía, era una obsesión, el cabrón haría trampa y
yo estaría ahí para verlo caer.
A parte de Pingala,
hubo otra persona que se presentó a la prueba de Jove (aula 201, 6:00 PM) sin
haber estudiado: yo.
Solo se nos
permitía entrar con un lápiz y un borrador, cincuenta y dos personas
intentaríamos la prueba, para algunos era la primera vez, para otros era la
cuarta o quinta.
Y allí
estaba Pingala, venía vestido con pantalón de vestir y camisa sin saco,
sombrero o bufanda. Él parecía tranquilo y contrastaba con las personas
terriblemente ansiosas y llenas de miedo, yo me incluyo.
La primera
en llegar fue Diana que ese día se veía soberbia, casi inmediatamente después,
muy puntual, llegó Jove con los exámenes bajo el brazo. Todos entramos detrás
de él a un amplio salón con sillas individuales y la prueba comenzó.
Era el
típico examen de Jove, incisos y un problema final cuyo resultado era imposible
sintetizar en un “sistema”.
Para mi
suerte me colocaron a lado de Pingala ligeramente a sus espaldas, era un gran
ángulo el que tenía sobre mi víctima y no pensaba desaprovecharlo.
―Una hora es
suficiente ―dijo Jove y todo comenzó.
El sonido de
los lápices desplazándose contra las hojas y vertiendo el grafito que se
convertía en líneas, puntos y símbolos, prueba de la inteligencia superior del
ser humano, llenaba la sala. Un quejido, una pequeña tos, un lápiz que se caía,
alteraban de vez en cuando el ritmo de las manos que escribían. Todos exámenes
iguales, todos con las mismas posibilidades, la prueba de Jove igualaba las
fortunas, nunca nadie se había atrevido a sobornarle por una nota.
Mi víctima
escribía a velocidad impresionante sobre su hoja, noté que rápidamente acabó la
sección de los incisos y en todo ese tiempo no capté nada sospechoso, nada que
me indicara que tenía una trampa. Era como tratar de cazar a David Copperfield
en uno de sus ilusionismos. Yo no había contestado nada de mi examen y Pingala
ya entraba en la zona del problema.
Entonces
sucedió: lo vi por un maldito segundo. No, por menos que eso, pero lo vi. ¡Lo
juro!, lo he jurado siempre, la mano izquierda de Pingala llevaba en ella un
papelillo blanco con algo escrito. Los años no me han hecho dudar sobre mi
afirmación.
―¡¡¡TRAMPA!!!
―grité con todas mis fuerzas y señalé a Pingala para que todos pusieran su
vista sobre el culpable. Todos se asustaron y dieron un salto en sus pupitres.
―¡¿Qué
ocurre aquí…!? ―preguntó Jove muy enfadado.
―¡Hace
trampa, señor! ―dije y luego completé ―Pingala hace trampa, señor.
La confusión
fue general. Jove pidió silencio y solo después de unos instantes logró acallar
los murmullos. Cuando todos hubieron callado, Jove le pidió a Pingala se
pusiera de pie.
―En su mano
izquierda, revisen su mano izquierda ―pedí yo, mientras Pingala se ponía de pie
y acudía al llamado de Jove quien le pedía ahora ir hasta el frente con las
manos visibles. Cuando estuvo frente a frente con el profesor, este último le
preguntó:
―¿Cómo se
declara, señor Pingala?
―Inocente,
no sé de qué habla, Doctor ―contestó Pingala y yo grité entonces que él era un
cínico y que siempre había hecho trampa.
―¡Cállese...!
Yo lo juzgaré. Señor Pingala, haga el favor de abrir sus manos.
Lo hizo y
nada.
―Ahora
retírese la camisa, señor Pingala.
Lo hizo y un
silbido se escuchó, Jove lo acalló tan solo con la mirada.
―Revise la
camisa, señorita Diana ―ordenó Jove y le dio la camisa a su ayudante.
―Nada
―concluyó ella.
Entonces, Jove
llamó a dos de los chicos de la primera fila.
―Quítenle
los zapatos ―ordenó el doctor que comenzaba a ponerse impaciente. Nada había
tampoco ahí. La expresión de Pingala era inmutable, parecía de roca.
―El pantalón
―ordenó Jove. Se escucharon murmullos. Pingala obedeció y quedó ahí
semidesnudo. Yo comenzaba a dudar, pero eso no me fue lo que me hizo estallar, Diana
lo miraba, lo miraba como una mujer mira a un hombre.
―¡Revise la
banca, revise su lugar! ―exigí.
―Última vez
que le pido se calle... ―me advirtió Jove y él mismo la revisó. Todavía ordenó
a Pingala quitarse los calcetines, le revisó la boca y si hubiera podido
indagar más adentro de su laringe lo hubiese hecho, pero no encontró nada,
absolutamente nada.
―Vístase y
vuelva a su lugar, señor Pingala.
―No es
necesario, Doctor ―dijo Pingala ―. Es que ya terminé ―volvieron a escucharse
murmullos.
La sorpresa
era general. Incluso Jove miró su reloj y ordenó a Diana que trajera el examen
de Pingala. Lo calificó, no le tomó más de diez minutos. La expectación era
sublime y la calificación no lo fue menos.
―Puede
retirarse, Licenciado ―sentenció Jove y algún aplauso se escapó por ahí, pero
de nueva cuenta Jove acalló todo con una mirada. Diana le dio la ropa a Pingala
y cuando este estuvo vestido y listo para irse, Jove le dio la mano, ese saludo
fue la señal inequívoca de una "A".
Algunos
afirman que mientras Pingala se retiraba con su examen en la mano y con una
amplia sonrisa en el rostro, Jove murmuró: ―Creo que es tiempo que me tome un
sabático.
Yo no podía
creerlo y así lo hice saber, grité una y otra vez que lo había visto, que tenía
que estar por ahí la evidencia. Pero Jove no escuchó más y fue hasta mi lugar.
Yo ya tenía lágrimas en los ojos cuando me ordenó salir del recinto. Recogió mi
examen y antes que cruzara la puerta me dijo:
―En mi vida
he puesto varios ceros, pero usted rompe todos los records, ni siquiera pudo
escribir su nombre.
Entonces
todos rieron, se carcajearon y Jove no hizo nada para acallarlos. No se reía
por fuera, pero se daba gusto en sí mismo. Pasé enfrente de Diana que me otorgó
una mirada de asco. Salí por esa puerta para no volver nunca más.
Diez años
después mi trabajo era de intendente en un bar de baja categoría y no había
visto a Pingala desde aquella vez cuando lo observé salir de aquella aula. Ya
no nos buscamos ni nos llamamos ¿para qué? Pero un día en el lugar en el que yo
trabajaba un gran mago aficionado estaba anunciado para presentarse. Yo trapeé
su escenario esa tarde y por la noche el mago sorprendió a su público. Todos
decían que el espectáculo había sido magnifico y afirmaban que aquel aficionado
en realidad era un magnate que pasaba sus ratos libres con el ilusionismo. A mí
esos asuntos no me interesaban, así que solo miré al mago cuando ya todos se
habían ido: estaba sentado con su traje de luces y miraba el fondo de la copa
con coñac en una mesa en el bar. Me acerqué para decirle que se fuera, que ya
se cerraría el club y cuál fue mi sorpresa, era Pingala.
Él me
reconoció y me saludó como en los viejos tiempos, como si el oscuro pasado no
hubiese ocurrido. Hablamos de varias cosas, me contó de su matrimonio con Diana
y de cómo ella lo había dejado porque ―descubrió que él tenía medio centímetro
de pene― por supuesto yo sabía que aquello era broma, pero no lo era que ella
tenía un amante y que él se ganaba la vida estafando gente. Por eso último me
ofreció:
―Necesito a
alguien como tú, alguien que pueda ser tan canalla como lo eres tú.
Le pregunté
entonces sobre su sistema el día del examen del Doctor Jove, pensé que el coñac
lo obligaría a confesarlo todo, pero no dijo nada. Me ofreció trabajo de nuevo,
pero yo lo condicioné a que lo aceptaría solo si aceptaba que había hecho
trampa. No lo aceptó. Entonces, cuando la madrugada llegaba a su fin y le daba
el paso al alba, él se levantó de la mesa y con trabajo sacó unos billetes para
pagar los tragos.
―Yo invito
―dijo―, y si cambias de opinión llámame a este número.
Entonces
apuntó el número en un papel blanco demasiado grande para un número telefónico.
Lo dejó sobre el encendedor que ya acumulaba varios milímetros de ceniza.
―¡Nunca,
hasta que lo aceptes ―le contesté, pero él ya salía por la puerta del bar.
Entonces yo
recogí los billetes, los guardé en mi bolsillo ―por lo menos me vengaré con
esto― pensé y recogí también aquel papel en donde él había apuntado el número
que se leía claramente, pero… debajo de este, sutilmente escrito sobre la hoja,
estaba la solución al problema de Jove.
―¡Lo sabía!
―grité en el momento más feliz de mi inútil existencia.
Pero tan
pronto hube disfrutado el momento una duda me asalto y me carcomió mi cerebro
desde lo más hondo. ¿Dónde? ¿Cómo? ―Vamos hombre donde lo llevaras esta vez ¿en
el sobaco? ¿En la entrepierna? ― ¿Dónde? ¿Cómo? Solté el papel. ―Descubrió que
tenía medio centímetro de pene...
FINE
A manera de
epilogo.
Nadie existe
con el nombre de Alejandro Pingala aunque un Doctor Jove dio clases en la
Facultad de Economía de mi universidad. Hoy ya no enseña, pero logré contactar
a algunas personas que recordaban el suceso de un estudiante que había sacado
la nota más alta con Jove porque era un caso único. Dos de ellos recordaban el
hecho muy bien pues habían estado ahí, eso me emocionó y cuál fue mi sorpresa
cuando les pregunté si sabían el nombre del chico que había delatado al tal Pingala
―¿Chico? ―preguntaron los dos en entrevistas sostenidas en diferentes lugares y
tiempo ―Debes saber que era una chica ―me dijeron. Mi sorpresa fue sensible,
pero a la vez explicaba algunas cosas extrañas en el relato. Entre ellas por
qué le molestó la forma en que Diana, personaje que si existió y que incluso
desarrolló un papel mucho más extenso e interesante que el que se cuenta en la
historia, miró a Pingala.
Finalmente
obtuve el nombre real de ambos, los cuales no puedo revelar; pero si puedo
decir que hoy en día Pingala está muerto, fue asesinado por un ajuste de
cuentas. El personaje que escribe en primera persona el relato, la chica en sí,
purga una condena en prisión. En fin, fue interesante contarles esta historia.

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