El día
en que Max y Philippa arribaron al Puerto, en el que hacía un agradable tiempo caluroso, era el día en que comenzaba ese primer gran viaje como enamorados que eran. En el Puerto les esperaban la tranquilidad del hotel,
la belleza de los paisajes, la arena fina y blanca de las
playas, el mar con su azul turquesa hediondo de fantasías románticas y atardeceres espectaculares con el cielo pintado de colores naranja pastel, además suculentos platillos de pescados y mariscos
frescos para deleitar al paladar. En suma, Max y Philippa, Philippa y Max, tenían por delante siete días en el
paraíso. Del aeropuerto un taxi los llevó hasta el
Malaca, la máxima joya de la hotelería del Puerto: era el resumen del elixir de la ecología y el placer. Distaba mucho
de ser el típico resort con edificios imponentes de
varios pisos y decenas de piscinas, pero en cambio, el Malaca ofrecía cabañas a la orilla de la playa equipadas con
aire acondicionado y servicios exquisitos de restaurante y spa.
Cuando
Max y Philippa llegaron y observaron el Malaca supieron de inmediato que era
más de lo que esperaban. El Malaca era espectacular. Como arribaron al hotel
temprano por la mañana, se instalaron rápidamente en su
cabaña de mil dólares la noche y no perdieron tiempo para comenzar a disfrutar de los servicios del hotel: paseos por el mangle y el tular en canoa,
refrescantes albercas naturales y baños de lodo que
prometían la más mágica experiencia sobre la piel. Por la tarde, y después de un buen plato de langosta, Philippa sugirió a
Max que fueran de compras al Puerto; la idea no emocionó a
Max, pero era una opción para conocer el lugar.
Mientras
Philippa hurgaba en cada tienda en busca de blusas, accesorios y trajes de baño, Max exploraba las tiendas que vendían postales y libros.
―¡Oh,
Max qué feliz soy!― le dijo Philippa mientras caminaban de la mano por el malecón del puerto.
―Y no
sabes cuan feliz me hace a mi escuchar eso― contestó él emocionado.
―Philippa,
mi amor, mira― dijo Max a su amada al tiempo que señalaba con su índice un
local que se anunciaba como "Puerto curious".
A Philippa no le pareció atractiva la tienda al no haber
ropa fashion en los aparadores, además era oscura y la entrada parecía
pequeña, como si ocultase algo dentro, pero al final
Philippa accedió pues, al fin y al cabo, Max le había ofrecido infinita paciencia mientras ella entraba casi compulsivamente a
los guardarropa para probarse decenas de prendas.
Ingresaron a la curiosa tienda y un espanta espíritus
que colgaba del dintel de la puerta anunció su entrada, sin embargo
no parecía haber nadie en el local. Max se dirigió de inmediato a las postales mientras Philippa miraba con extrañeza máscaras, esculturas en
madera y piezas extrañas elaboradas con conchas de
mar de todos tamaños en tonos nacarados.
―Max,
vámonos, esto parece una tienda de brujería.
―Espera
un minuto, observa estas postales deben tener más de veinte años Philippa.
No
había nadie a la vista dentro de la tienda por lo que libremente Max revisó las
postales. Philippa entonces se fijó en una artesanía que parecía ser muy fina y que estaba trabajada sobre alabastro, era una especie de árbol de la
vida coronado por una figura
femenina que parecía recibir
algo del cielo y que en su mano derecha sostenía una hermosa perla nácar. Philippa ignoró toda la figura y se concentró en la
perla aquella que era de un tamaño anormalmente grande.
Era evidente que la figurilla no estaba en venta pues a su lado dos cirios la iluminaban y claramente en su base se
leía "Don't
touch, no sale".
―Max,
ven a ver esto.
―En un
momento, amor.
―¡Ahora
Max!― exigió Philippa que no podía quitarle los ojos de encima a la perla y Max, de mala gana, dejó de mirar sus postales viejas y al ver la perla también
quedó impresionado.
―¡Dios,
es realmente hermosa!― dijo Max.
―Quiero
tocarla― dijo Philippa.
―No
puedes, ya leíste el letrero.
―Entonces
quiero comprarla.
―Da lo
mismo amor, no está en venta.
―Entonces...
solo quiero tocarla― Philippa extendió su dedo índice hasta la perla y por un momento su dígito sintió la pureza del paciente trabajo de la naturaleza; y
en ese instante, en el que sería el momento más desafortunado de toda su
existencia, la perla cayó al suelo y rodó debajo del
mueble que sostenía la pieza de adoración.
―¡Dios!
¡Philippa la rompiste!
―¡No,
no! Podemos componerla, Max― decía una nerviosa Philippa que ahora buscaba la perla debajo del mueble.
―No la
alcanzo― dijo después de varios intentos
―Déjame
intentarlo― pidió Max, pero tampoco: la perla estaba a medio brazo de distancia fuera de su alcance.
―Debe
haber algo aquí― decía Max mientras buscaba alguna herramienta que le sirviera
de extensión para su brazo. Entonces sin resultados en su búsqueda se volvió hacia Philippa que había encontrado una especie de pajilla.
―Estaba
en esta otra escultura Max, pero solo logré echar la perla más hacia atrás.
―¡No!
¿Ahora qué haremos?
―Llama al encargado― dijo Philippa más
tranquilamente.
―No mi
amor, nos cobraría una fortuna.
―¿Cómo
lo sabes?
―¿Qué
cómo lo sé? ¡Viste el tamaño de esa joya! ¿Y si la sacáramos y estuviese rota?
―¿Entonces?
―Entonces
vámonos― dijo Max y tomó de la mano a Philippa y juntos salieron de la tienda y tuvieron cuidado de no hacer sonar el espanta espíritus.
Ya
afuera, sus semblantes de preocupación y remordimiento les duraron solo un minuto. Después se miraron y rieron como dos niños que acababan de hacer
una travesura.
De
vuelta en el Malaca, Max y Philippa disfrutaron de la vida que el consorcio hotelero les proporcionaba. Muy noche regresaron a su
cabaña dispuestos a cerrar con broche de oro sobre la suave cama matrimonial un día perfecto. Max llevaba en brazos a Philippa, abrió la
puerta de la habitación, encendió la luz y tan
pronto pasaron adentro la puerta se cerró tras de ellos por la brisa de fuera; en ese mismo instante el intruso quedó paralizado. Max bajó a Philippa y se lanzó a la cama en tanto ella fue y
cogió ropa de su maleta y entró al baño.
―¡Esto
es genial! La cama es bastante confortable amor― dijo un entusiasta Max.
―Espera
un poco y la cama pronto dejará de importarte― respondió Philippa desde detrás de la puerta del baño que estaba hecha con bambú.
Philippa
salió del baño con un conjunto de ropa interior que dejaba claras sus
intenciones de esa noche.
Max
supo de inmediato que estaba en la antesala de la mejor noche de su vida y, como pudo, apresado por las ansias, se despojó de
su camisa y pantalones; se acercó a Philippa y
comenzó a besarla mientras con su mano izquierda trataba de
retirar el sostén de manera delicada del torso de ella. Los gemidos y risas de la pareja podían escucharse incluso fuera de la cabaña.
Entonces
Philippa rompió la armonía y excitación del momento
con un grito de terror.
―¡Dios!
¡¿Qué sucede amor?! ¿Hice algo mal?― preguntó un confundido y asustado Max.
―¡Ahí!―
señaló Philippa, aterrada, hacia uno de los muros de la cabaña. Max no lo
entendió al principio, pero enfocó bien la vista y entre la trama
tranquilizadora de la pared pintada de un color naranja bastante
sutil pero vigorizante, un punto negro permanecía inmóvil y rompía toda la
estructura y encanto de ese muro.
―Es,
es... es solo una cucaracha, amor― dijo Max aliviado.
―¡Se
exactamente lo que es, maldita sea! Solo mátala.
―¿Matarla?
―Sí,
solo dale... dale con esto― Philippa ofreció sin pensarlo mucho una de sus sandalias
a Max para que la usara como arma homicida contra aquella bestia de dos
centímetros de largo, pero antes de que él pudiera
negarse o aceptar, ella le dijo que mejor usara él uno de sus
zapatos.
Max era
un tipo tranquilo, culto y admirador de la naturaleza; se decía fan del máximo logro de esta, es decir, la vida. Por eso Max se negó a matar a la
cucaracha. En cambio, uso uno de sus zapatos, pero solo para transportarla
hasta fuera de la cabaña donde la arrojó lejos, entre los tallos de una palma
que crecía en la jardinera del pasillo. Todo este acto de prudencia, ejemplo de
sensatez y respeto por la vida lo hizo Max ante el continuo reproche de
Philippa que exigía la muerte inmediata del intruso.
―Solo
toma en cuenta amor que los invasores aquí somos nosotros― decía Max en un
alarde de sentido común.
Este
comentario fue el lastre final que sentenció a Max a dormir esa noche solo en
la confortable cama y nada más.
Al día siguiente, el
disfrute fue elevado a
la doble potencia. Max y Philippa, reconciliados y recuperados del episodio de la noche anterior como si
fueran unos niños, disfrutaron la mañana en la playa, hicieron esquí acuático, bucearon entre arrecifes de ensueño y
Philippa hasta accedió al capricho de Max de hacer wind
surfing. Por la tarde dieron un paseo en lancha por la laguna de aguas apacibles y claras con el atardecer encendido
en fuego y por la noche, ya en el Malaca, una
exquisita cena romántica les esperaba.
―¡Oh
Max, esto es tan lindo!
―Desde
el primer día en que te vi supe que eras esa persona especial, Philippa.
A las
nueve y después de disfrutar la música de un virtuoso violinista a la luz de luna dos noches antes de ser llena, en una de las terrazas del
restaurante del Malaca, Max y Philippa regresaron a su
cabaña.
Ella se puso alegre al encender la luz y
encontrar los muros de la habitación inmaculados sin nada que rompiese el monótono patrón de naranja liso.
Entonces sonó el celular de Max y este lo buscó entre sus maletas.
―¡Cielos,
Philippa! tenemos que darnos tiempo para desempacar. ¿De acuerdo?
―Bueno,
¿Max? ―dijo la voz al otro lado del teléfono.
―Sí,
¿qué tal primo?
―Solo
llamaba para saber si todo estaba bien allá.
―Es
perfecto― y en ese preciso momento en que Max dijo aquella palabra fue que la
vio. La cucaracha estaba en el suelo, en una de las esquinas del cuarto.
Philippa acababa de entrar al baño así que era seguro que ella no la había
visto
―¿Por
qué no habría de serlo?― completo Max.
―Bueno,
es que como una hora antes de irte me llamaste para decirme que había problemas con tu reservación...
―Oh sí,
si te llame, pero tenías tu teléfono apagado, creo. No te preocupes todo se solucionó de inmediato, el personal de este hotel es muy amable.
―Bueno,
entonces perdón por llamarte.
―No,
no, al contrario, te lo agradezco, tú sabes que eres mi mejor amigo y mi primo.
―Bien,
entonces disfruta tu estancia y salúdame a Phil, ¿de acuerdo?
―Si claro, pero espera un momento.
―Sí,
dime.
―Tú
eres biólogo, ¿cierto?
―Claro,
eso tú ya lo sabes...
―Dime,
¿qué sabes acerca de las cucarachas?
―¿Cucarachas?
¿Qué tienes con ellas? ¿Por qué hablas tan bajo?
―Bueno
es que ayer había una en nuestra cabaña y ahora estoy sacando otra en este preciso momento y ¿sabes?, a Philippa le aterrorizan.
―Oh,
eso sí que es molesto, escucha si hay una o más pide mejor que te cambien de cabaña.
―Gracias
por el consejo, amigo.
―Bueno,
entonces me despido, tienes mi número. Hasta luego primo.
En ese
instante Max regresaba con su zapato en mano después de, por segunda noche consecutiva, expulsar a la cucaracha de su cabaña. En la puerta de la
cabaña se topó de frente con Philippa.
―Cucaracha
―le dijo Philippa.
―Si
amor, pero ya la eché. Es muy dócil.
―No, en
el baño, sobre la tina.
Al
escuchar esto y ver la expresión de Philippa, Max comprendió que esa noche tampoco sería. Y en efecto, al entrar al baño, Max se encontró con la otra
intrusa a la que también intentó capturar, pero ahora
esta se le escapó por el tubo del desagüe.
―Mañana
pido que nos cambien de cabaña amor― dijo Max para apaciguar a Philippa que se veía muy tranquila.
―¿Mañana?,
quiero irme ahora. No voy a dormir aquí.
―Amor,
solo son cucarachas, insectos...
―¡¿Solo
cucarachas?! ¿Estás ido o qué, Maximiliano? ¡Esas cosas son horribles y transmiten enfermedades! Si no nos cambian nos regresamos y punto.
A las
dos de la madrugada ya estaban instalados en su nueva habitación. Esta era de una clase inferior a la anterior pues no estaba de
frente a la playa, pero después de una inspección
rigurosa, Philippa aceptó la nueva opción aun y cuando se les advirtió que no se les podía regresar la diferencia. Esto a
Philippa no le importó tanto como los insectos rastreros,
estaba libre de cucarachas y eso lo era todo.
A la mañana
siguiente, el gerente del
hotel se sorprendió al saber del cambio de habitación de la pareja y pensaba
que en el Malaca eso era imposible. Ni siquiera en la cocina había
antecedentes de esos insectos en su hotel; así, fue personalmente a ofrecer una disculpa a los desvelados inquilinos
tan pronto la hora del desayuno llegó, y mandó no dar la
cabaña de las cucarachas a nadie pues esa tarde un equipo de fumigación, de la
manera más discreta posible, limpiaría el lugar.
Philippa
estaba cansada y se quedó en la cama hasta tarde, Max se dio un chapuzón en la
laguna y corrió unos minutos en la playa, regresó y almorzó con Philippa para
después salir a dar un paseo por el Puerto. Volvieron a pasar por enfrente de
la tienda "Puerto Curious" y una carcajada se les escapó a
ambos. Después pasaron casi toda la tarde en un bar y regresaron felices al
Malaca.
Ya en
la nueva cabaña, Max se duchó otra vez y al salir de la regadera se dio el
susto de su vida: ahí estaba de nuevo, sobre el
lavabo, con sus grandes antenas, su pequeño cuerpo ancho y plano, sus patas
largas y fuertes y sus alas atrofiadas, el intruso de las noches anteriores.
Max abrió la llave de agua y el animal se fue por el
desagüe no sin antes luchar con todo su ímpetu aferrándose a
la loza del recipiente.
―Philippa
no tiene por qué saberlo― se dijo.
Pero entonces, escuchó el sonido que
derribó la muralla de sus esperanzas como a las paredes de
Jericó.
―¡Maximiliano!―
gritó desesperada Philippa.
―¿Qué
pasa? ―preguntó Max que salió del baño desnudo y con la expresión en su rostro
de “yo no sé nada”. Philippa le señaló la cama y sobre la sabana otro blátario se regodeaba a
sus anchas.
―¡Mátala!―
exigió Philippa.
―Amor,
tranquilízate, la sacaré― respondió Max mientras atrapaba a la cucaracha entre
la sabana. Regresó y a punto estuvo de volver a
incorporar la sabana a la cama, pero observó el rostro de Philippa y
está dijo con molestia.
―¡No!
¡¿Qué haces?!― Max no dijo nada, era evidente lo que iba a hacer y se quedó perplejo como un niño regañado.
―¡Deja
la sabana también afuera!― volvió a ordenar Philippa y Max, con infinita paciencia así lo hizo. Cuando regresó Philippa exigió
―¡Qué
nos cambien de cabaña.
―¿¡Otra
vez!?― se atrevió a refunfuñar Max―, amor no se va a poder, ya nos cambiaron
una vez.
―¡No
puedo dormir aquí, Maximiliano!
―Escucha
bien Philippa, tendrás que dormir aquí, solo hay insectos y no nos van a comer, además no pueden cambiarnos otra vez.
―¿Por
qué no?
―Porque
fue una suerte que esta cabaña estuviera libre ―dijo ya muy molesto Max―.
¿Sabes qué?, en verano la gente acostumbra vacacionar y
salen todos de sus ciudades como cucarachas y
¡revientan los hoteles...!
―¡Max!
―Sí,
amor, ¡como cucarachas!, y vienen a lugares como el Puerto y hacen que todos
los hoteles se llenen. ¡Amor, en todos lados está full!
―¡Pues
entonces regresemos!
―¡Full!
¡Y no voy a regresar!
―¡¿Qué?!
¡¿Cómo puedes abandonarme, Maximiliano?!
―¡¿Abandonarte?!
¡Tú eres la que tira la toalla por unos cuantos insectos!
―¡Odio
a esas cosas!
―Escucha,
tranquilízate, ¿de acuerdo?, mañana buscaré la forma de acabar con este problema.
―Tendrás
que matarlas Maximiliano y tú parece que no matas ni a una mosca.
―Lo
arreglare ¿de acuerdo?, ahora duérmete.
―Maximiliano,
¿así de fácil?
―¡Con
un maldito demonio acuéstate ya!
A la
mañana siguiente no se dirigieron la palabra.
Ella se
levantó muy temprano y fue al spa del hotel en donde
se pasó casi todo el día. En cambio, Max fue al supermercado
del puerto y compró un insecticida común en aerosol. Con su arma bajo el brazo regresó al hotel y jugó un poco de tenis con otro
huésped, después leyó el diario en el lobby del Malaca y
mientras lo hacía, en la televisión del lugar pasaban “Mimic” de Guillermo del Toro. De camino a su cuarto Max tuvo una
batalla moral en su mente: matar o no matar. No quería matar, pero tenía que
hacerlo, mataba con medicinas a las bacterias y virus que le ocasionaba
enfermedades, así que esto no tenía razón de ser diferente, pero luego
regresaba a pensar que las cucarachas tenían cierto derecho a vivir, así fueran
rastreras.
Ya en
la noche, Philippa regresó a la cabaña y encontró a Max sentado en la cama, en sus manos tenía su gran truco de veneno en aerosol.
―Perdóname
Max, lo he pensado y creo que estuve mal al exaltarme un poco ayer.
“¡¿Un poco?!” pensó Max, pero solo dijo:
―Sí,
bueno mi amor, yo también te pido disculpas― se levantó
de la cama y casi corrió hacia Philippa―¡Philippa, tú eres el amor de mi vida!
―¡Oh
Max!― dijo Philippa conmovida, se abrazaron y estuvieron así un momento eterno.
La
noche cerró el cerco del bunker de Philippa y Max y pronto apareció la primera intrusa.
Max
respiró y se tomó su tiempo. Pidió perdón al cielo y descargó su letal arma sobre la desdichada. A la cucaracha le pareció un delicioso baño de
espuma, refrescante y vitalizante como los del spa
del Malaca.
―¡¿Pero
qué rayos?! ―dijo Max y descargó casi medio envase sobre la intrusa.
―¿Por
qué no se muere, Max? ―preguntó Philippa.
―Al
parecer es inmune ―contesto él.
―¡Mierda!―
reclamó Philippa.
―Intentaré
con esa otra― dijo Max dirigiéndose a la otra esquina del cuarto donde otra intrusa apareció. Roció más y más sobre ambas cucarachas pero nada, los
insectos huían sin ninguna rasguño.
―¡Por
Dios!― se decía Max.
―Max,
solo toma tu zapato y aplástalas.
―Philippa,
déjame hacer esto a mi modo ¿de acuerdo?
Philippa
se recostó en la cama y en el techo se dibujó la figura gigante de la sombra proyectada de una cucaracha sobre el foco de la lámpara del cuarto.
Philippa gritó de terror. La luz de la lámpara que sobre la cucaracha se derramaba tendía en el techo su sombra y el alma de Max con
todo y su "Casa y Jardín" no podía escapar nunca más.
―Se
acabó― dijo Max mientras agitaba el bote.
―¿Cómo
qué se acabó?― preguntó ella.
―Se
acabó, está vacío.
―Eres
un inepto, Maximiliano.
―¡Oh!
Discúlpeme su alteza por lo menos yo intento atacarlos y tú solo gritas y
lloras cuando las ves.
―¡Llama
a los del hotel!
―No, yo
puedo vencerlas.
―Entonces
véncelas, cuando acabes de jugar me llamas.
―¿A
dónde vas?
Philippa
salió de la cabaña, tocó la puerta en la cabaña contigua y una chica le abrió
la puerta. ―Disculpa, ¿tienes un
espacio en tu cuarto? El mío está infestado de alimañas.
La chica
echó una mirada por detrás de Philippa y vio a Max con su cara de incrédulo.
―Philippa
―dijo él con falsa autoridad―, vuelve ahora mismo― y ese alarde de macho lo
condenó.
―Aquí somos
tres chicas, puedes pasar― dijo la vecina, invitó a Philippa a pasar y cerró la
puerta tras de sí.
―Periplaneta
Americana
―¿Cómo?
―Ese
es el nombre científico, Max.
―Primo,
poco me sirve eso. Dime cómo acabo con ellas, ayer les rocié una lata de insecticida a dos de ellas y nada.
―¿Has
pensado en aplastarlas?
―¡Claro!
Ayer conté dos docenas. ¡Están por todos lados! Aplastarlas es cansado y repugnante.
―Entonces
solo ahuyéntalas.
―¿Cómo?
―Bórax
―¿Bórax?
―Sí,
es una sustancia química que venden por lo general en polvo o en gis, no las
mata en tu presencia y las mantiene alejadas.
Pero cuéntame ¿Cómo es posible que Philippa se haya cambiado de cuarto?
―Ya lo
ves, pero volverá cuando vea que he vencido a esas cosas.
―Bueno,
solo recuerda que las cucarachas sobreviven hasta en un holocausto nuclear.
―¿En
serio?
―Pongámoslo
así: cuando el Apocalipsis se cumpla y ya hayan pasado muchos milenios del fin
del hombre sobre la Tierra, cuando el planeta se haya congelado y descongelado
y vuelto a congelar, y los mares se hayan evaporado y subido su nivel hasta
cubrir toda la superficie de los continentes una y
otra vez, cuando ya no quede más que una inerme roca con el último liquen y el Sol este tan grande como el doble de
lo que es hoy en su disco solar...¿Sabes quién estará aprovechando ese liquen?
―Una
cucaracha.
―Así
es amigo, tenles respeto. Cuando tú tengas doscientos millones de años sobre este planeta dime lo que quieras, pero ahora calla
y admíralas. Hay que aprender de ellas, tenemos
que convivir conventualmente.
―Solo
son insectos.
―Bueno
mañana comunícate conmigo y me cuentas.
―Claro.
Cuídate, adiós.
Ese
día, el cuarto día, Philippa pasó una buena jornada con sus nuevas amigas
Laura, Karla y Estefanía, las dos primeras divorciadas y
la última una lesbiana empoderada. Mientras, Max batalló toda la mañana para conseguir bórax. Tardó en encontrarlo y, después de eso, la tarde la pasó en la biblioteca para estudiar al enemigo, o al menos lo que
los libros decían sobre él.
De
regreso, cercó la cabaña con bórax. Philippa observó aquello y por un minuto le dio lastima ver a Max durante ese esfuerzo, incluso lo extrañaba, pero el
trío se encargaba de hacerla revertir esos
sentimientos que le asaltaban.
―¡No!―
gritó Max en medio de la noche. Esa vez contó cuarenta y ocho cucarachas y comenzó a matarlas primero con sus zapatos y después con sus propias manos.
A la
mañana del siguiente día, Max volvió a comprar más bórax y esta vez lo esparció por todo el interior de la cabaña, además logró que un viejo loco de la
tienda de venenos le vendiera un tanque con azufre suficiente
para crear un infierno. En su desesperación, Max olvidó comunicarse con su primo, en cambio pasó toda la tarde-noche en el bar del
Malaca donde un hombre le habló:
―Se ve usted
muy mal amigo. No ha dormido, ¿verdad?
Max le
dirigió una sonrisa sarcástica y le respondió.
―Ellas se
llevaron lo que yo más quería.
―Oh, es
usted...
―¿Yo?
―Discúlpeme,
pero por el hotel se comenta su historia, su mujer le ha dejado. Pero yo lo
apoyo: son unas malditas.
―Verdad que
sí.
―Sí, son
unas amargadas, el otra vez intente invitarle una copa a una y...
―Sí y además
apestan la comida ¡ha!
El tipo
aquel no entendió el último comentario de Max, se levantó y pensó que Max
estaba más loco que una cabra. Max, que disfrutaba mucho leer, le llamó la
atención el libro que tenía el tipo y antes de que este saliera del bar alcanzó
a preguntarle.
―¡¿Qué
lee?!―
―Oh, claro.
La Metamorfosis, de Kant.
Max hizo un
gesto de repudio, se incorporó y luego de terminar lo que quedaba de su bebida,
dijo:
―Eso me
recuerda que tengo algo que hacer.
―Claro, que
pase una buena noche, se ve que ha bebido mucho ―remató el huésped.
Max regresó
a su cuarto, notó que no se había dado una ducha en dos días con sus noches y
que tenía puesta la misma ropa desde entonces. Entró a su cabaña y al encender
la luz vio como cientos de criaturas buscaron un escondite, pero pocas lo
encontraron. El sonido que hacían con sus patas sobre las paredes era molesto y
el hedor que producían los cuerpos en descomposición de sus compañeras caídas
inundaba el ambiente y se mezclaba con el olor de los orines derrotados de la
taza del baño. Cerró la puerta y colocó sobre la perilla por fuera el letrero
que había colocado todos esos dos días para evitar que la mucama entrara:
"No molestar". Caminó entre crujidos hasta la cama y se sentó en
ella, sacó sus costales de bórax de entre sus cosas y con una navaja los rompió
y el polvo se esparció por toda la habitación como la nieve en invierno.
Ellas
corrieron, se aglutinaban en las esquinas, eran cientos de miles y unas con
otras se estorbaban y se taponaban las salidas.
Aquello le
hizo recordar a Max cualquier ciudad y sus ciudadanos
―Como
cucarachas ―se dijo ―, ¡tengan!, ¡tengan! ¡Ahora sí que se vengan las muy
malditas! ¡Yo voy a acabar con todas ustedes plaga de lucifer, plaga de los
puertos tropicales y de la Antártida!
¡Tomen esto!
¡Miren las muy malditas corren! ¡Miren! ¡Miren cómo caen!
El
polvo se acabó y la habitación parecía un campo de batalla lleno de cadáveres sobre trincheras blancas. Max se acostó sobre
el suelo, entre la marabunta moribunda, exhausto. Algunas se le enredaban en el cabello y otras buscaban entrar a sus oídos o a sus fosas
nasales, pero eran tan grandes que ninguna lo
logró.
―¿Max?
¿Max?―se escuchó decir a una dulce voz, era Philippa.
Max,
que había cerrado los ojos, se incorporó de inmediato quitándose a los insectos
de encima y caminó hasta la puerta haciendo sonar el
suelo con el crujido crocante de las cucarachas al morir.
―¡Philippa,
volviste!
―Max...
¿Qué ocurrió?― preguntó repulsiva Philippa.
―¡Las
vencí, les gane! ¿Ves? ¡Todas están muertas!
Philippa
recorrió con la mirada el dramático espectáculo. Casi se vomita, pero aguantó y miró a Max.
―Te
extraño, Max.
―Y yo a
ti, Philippa.
Se
abrazaron y entonces Philippa observó que varias se movían todavía.
―Max,
cariño, todavía no has acabado aquí.
―Espera,
no te vayas Philippa, mira, es divertido ―Max comenzó a aplastar a las que podía ver se movían y, al principio con timidez y repugnancia, Philippa
terminó uniéndosele.
―¡Mira
esa!― señalaba Philippa y Max aplastaba ―¡Y esa!
―¡Tomen!―
gritaba Max entre risas de locura.
―Max,
esta tiene como cinco centímetros, ¡ug, qué grande es!
―Sí,
así es Philippa, ¿sabes? he visto que por lo menos son como diez variedades
diferentes, están las negras, las grandes, las pequeñas, las cafés regordetas,
las rubias, las atigradas y las transparentes.
―¡Que
horribles! Max, no volvamos a hospedarnos en este hotel nunca más.
―De
acuerdo, pero tú sigue, amor, todas truenan igual. Crac, crac, crac.
―Max,
¿qué es eso?
―Eso es
azufre amor. Pensaba usarlo, pero el bórax y mis zapatos son más que
suficientes.
El
tanque de azufre estaba recargado sobre una de las paredes de la habitación,
Max lo tomó y por accidente lo dejó caer, el gas comenzó a escapar rápidamente.
―¡Max
hay que salir de aquí!
―¡Piretrum,
bórax y azufre, con eso se mueren!― gritaba un Max ya fuera de sí.
Por la
mañana las tres amigas de Philippa llamaron a la gerencia del hotel. El lugar apestaba
y todo venia de la cabaña de Max y Philippa. Se tocó la puerta en vano pues
nadie abrió.
Entonces
se usó la llave de la servidumbre y el horror se abatió sobre los que vieron aquello. Todo el piso estaba tapizado de una capa homogénea de
cucarachas muertas que parecían espolvoreadas con
azúcar glas. En la cama yacían los cuerpos de Max y Philippa, curiosamente ningún insecto había quedado sobre la cama.
"Intoxicación seria por azufre" fue el veredicto del perito en su
informe cuya copia se hizo firmar al primo de Max quien fue
hasta el Puerto para identificar los cuerpos.
―¿Que
opina? Usted es biólogo ¿no es así?― le preguntó un policía al primo de Max.
―No tengo opinión, estoy pasmado.
―Por el
número de cucarachas ¿no? Es increíble, en este hotel toman todas las precauciones para que no pase ni un insecto y mire usted esto.
―Sí, y
también por el detalle de que nueve de las veinte variedades que están esparcidas aquí no es posible que lo estuvieran.
―¿Cómo
dice?
―Sí,
¿cómo se explica que un individuo de la especie de la cucaracha gigante
endémica de la Patagonia haya viajado más de diez mil
kilómetros para morir hasta aquí?
Nadie
se lo pudo explicar, excepto el dueño de "Puerto curious" y
los mismos Philippa y Max que antes de expirar tuvieron esta pequeña
y última conversación:
―Amor,
creo que todo esto fue mi culpa― dijo Philippa entre tos y tos.
―No,
amor, no es tu culpa...
―Si lo
es. ¿Recuerdas la perla?
―¿La
azul nacarada? Era hermosa como tú.
―Sí,
tenía grabado algo.
―¿Qué
cosa?
―Una
cucaracha.
Max no
dijo nada, pero pensó “¿Cómo te gusto una perla con una cucaracha grabada en su
superficie?” y si hubiese estado cuerdo en ese instante hubiese negado el hecho
pues esas cosas no pasan.
―Hay
algo mas― dijo Philippa―, la tomé, está en mi bolso. La robé Max, robé la perla.
Max no
tuvo comentario alguno, la pesadez era mucha y solo murmuró.
―Te
amo, Philippa.
A lo
que Philippa alcanzó a responder.
―Y yo
te amo, Max.
Philippa
y Max, Max y Philippa... y los intrusos.

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