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LA ÚLTIMA MIRADA


El hombre de la caseta de boletos le dio su pase mientras fingía indiferencia ante su presencia, pero ella notó que este la miraba igual que todos los hombres le miraban desde que había cumplió doce. Era imposible no mirarla, las mujeres por envidia, los hombres por fantasías profanas. No podía pasar por un fantasma ni tratando, era una invitación a las pupilas masculinas y una fiesta de unos segundos mientras la veían pasar.
Recorrió la gran estancia directo hacia el ascensor y ya dentro de éste pidió el piso ochenta y seis al operador. Otras tres personas subieron en la planta baja y el ascensor se detuvo en el nueve, el veintiuno y el piso setenta. Oficinistas, secretarias, personal del edificio y uno que otro turista subieron y descendieron y eso hizo más lento el trayecto. Ella tomó una postura serena, digna de la dama que era y en el ochenta y seis descendió justo como había dicho y arrancó un suspiro al operador del elevador.
Erebus había bebido una soda en la barra de la cafetería del mirador, llevaba ahí dos horas, admiraba el paisaje con su cielo cubierto de cirrus y soportaba el viento que iba y venía en rachas continuas y regulares, eso hasta que decidió que era hora irse. Iba entrar al ascensor cuando la vio salir de éste y por supuesto cambió su decisión.
¿Va a subir, señor? preguntó el operador, pero Erebus no le dio respuesta.
El operador entonces comprendió que aquel hombre no subiría pues sus ojos habían sido capturados y ahora guiaban todo su cuerpo sobre la hermosa mujer que acababa de descender del ascensor.
El pobre Erebus, era eso en sí: un pobre, en todos los sentidos en que se puede ser pobre: viejo, asalariado, torpe, poco atractivo y con una esposa de ciento cincuenta centímetros de cintura que le engañaba con un tipo de talla similar; fue por eso que cuando la bella mujer le preguntó por dónde una se dirigía al mirador, fue como un regalo que por sí solo alegró su rutinario día.
Yo la llevo, señorita, sígame le dijo y ella le siguió.
Alta, delgada y con la juventud como estandarte; tacones altos, medias en "brown", falda negra de corte casual de nylon a las rodillas, blusa blanca e impecable de seda, un sobrio saquito la protegía del viento y del frío, cabello rubio bien peinado... ella era un ángel cubierto de alhajas y Erebus la acompañaba del brazo. Era un imperio de mujer. Todos quedaban estupefactos ante el contraste entre Erebus y aquella mujer.
Llegaron afuera, a la terraza, donde el viento arreció de pronto y el peinado de ella se arruinaba.
Erebus apenas si lo notó y eso que no podía quitarle la vista de encima.
Todos los hombres que estaban ahí voltearon su vista del hermoso paisaje de verano que la ciudad ofrecía para asistir a otro no menos hermoso, pero más interesante e intrigante.
Ella se sentó en una de las bancas y dio las gracias a Erebus que hubiese querido quedarse ahí con ella para toda la eternidad; pero, luego de un momento, se dio cuenta que era tiempo de irse. Ella buscó en su bolso y sacó una moneda.
Discúlpeme dijo ella , no pensé que...
―¡Oh no!, por favor. No es necesario contestó apenado Erebus y luego se apartó; aunque no muy lejos de donde ella estaba pues quería mirarla el mayor tiempo posible. Fue así que Erebus desde su lugar pudo observar como ella volvió a abrir su bolso y sacó una medallita de oro que se colgó al cuello. Erebus solo deseaba que en algún momento aquella dama cruzara las piernas pues desde su perspectiva aquel movimiento le abriría con suerte y por un mínimo instante a sus ojos las puertas del paraíso. Pero en cambio observó como por la mejilla de aquella dama corría una lagrima y entonces Erebus se avergonzó de su burdo deseo. Desde el instante en que había visto a aquella presencia celestial salir por la puerta del ascensor, Erebus había notado entre su mar de belleza que ella destilaba un intangible sentimiento de melancolía. Esto doblegó al pobre hombre que tenía cuarenta y seis pero que parecía de setenta, en cambio ella no daba la impresión de pasar de los veinticinco años. Entonces Erebus envidió al hombre que la tuviera por pareja y mientras este último pensamiento asaltaba su mente, ella le miró y notó su presencia, de inmediato él bajo la vista y en los segundos posteriores sintió una inexplicable tranquilidad.
Ella extrañamente se quitó los zapatos, camino descalza hasta la barda que separaba la hermosa vista del vació, un vació finito de ochenta y seis pisos.
Fue entonces que Erebus lo comprendió, pero por un instante no hizo nada... no puede ser pensó y deseó que ella no tuviese el valor, pero no. Con algo de torpeza aquel ángel subió a la repisa de concreto y comenzó a escalar la pequeña maya de rombos entramados sin hacer caso al letrero que ordenaba "No suba a la repisa". La reja de herrería fina le fue fácil de subir y cuando estuvo a punto, volvió la cabeza y vio a Erebus que ya se había puesto de pie y estaba alarmado, volvió de nuevo su vista al precipicio y se lanzó al vacío.
Erebus fue hasta el punto de donde ella se había lanzado. Miró hacia abajo y alcanzó a ver como la chica se precipitaba en sus últimos metros de vida. Desde donde él estaba no se escuchó nada, ni un grito. Se dio cuenta entonces de que a su lado había tres o cuatro caballeros más que igual que él habían visto aquello totalmente impávidos. Uno de ellos todavía alcanzó a preguntar a todos:
¿¡Acaban de ver lo que yo acabo de ver!?
Erebus no respondió. Corrió al ascensor, pero este no estaba disponible, fue por las escaleras entonces y dos pisos abajo observó como un ascensor cerraba sus puertas y le dejaba. Bajó a prisa y chocó con algunos y atropelló a otros en su camino hacia abajo. Cuando llegó a la calle estaba exhausto, pero aun así corrió por la acera y comenzó a buscar entre las calles aledañas el cadáver. Lo encontró a tres calles de distancia del edificio. Allí estaba ella todavía. Bella. Había caído de espaldas sobre el techo de un automóvil Buick modelo 45 con carrocería en negro. Sus ojos cerrados, sus brazos contraídos sobre su pecho, sus piernas extendidas y su expresión tranquila. Erebus pensó me dio su última mirada y trató de acercarse más, pero la policía se lo impidió. Erebus volvió al edificio. Al mirador, esta vez a paso muy lento y notó que la policía todavía no había hecho su arribo. Se acercó a la banca que había ocupado aquella mujer y encontró sus zapatillas, fabricadas en piel de cordero con un tacón de por lo menos ocho centímetros de alto, eran, sin duda, nuevos. Se sentó un rato y después, cuando ya habían empezado a llegar los policías y peritos, se acercó a la reja con su repisa y miró el vació que tenía como culminación el pavimento de la avenida. Sintió en su piel el frío helado de la caída de la tarde y recordó como hacía unos pocos minutos él iba camino hacia el ascensor, se dirigía al piso ciento once, el que tenía el mirador más alto. Él iba ahí pues sabía que habría mucha menos gente porque el viento era más fuerte y así podría terminar su acto y cerrar el telón. Y todo hubiese sido de esa manera sino es porque ella, con su sola presencia, le había hecho no abordar el elevador. Agradeció entonces al cielo y a Dios el haber tenido dos horas de indecisión. Bajó nuevamente por las escaleras y tuvo mucho tiempo de reflexionar sobre su vida. De vez en vez y ya sobre los pisos más abajo se detenía en el descanso de las escaleras y lanzaba un quejido. Al fin, en el séptimo piso se soltó a llorar. Se tomó su tiempo. Cuando salió del edificio tenía una enorme sonrisa en su rostro y disfrutaba cada respiro de sus pulmones. Nunca más se vio a Erebus dentro del edificio, anteriormente se le había visto muy frecuentemente en el mirador, casi todos los días iba, pero desde aquel suceso trágico no apareció más.
Meses después se encontró el cuerpo de Erebus colgado de uno de los pilares de un puente a cincuenta metros sobre el agua. Como detalle la policía encontró que Erebus tenía dentro de una de las bolsas de su saco un zapato de mujer fabricado en piel de cordero.
No pueden negar a nadie el derecho a la autodestrucción, pero ¿alguien alguna vez te ha dado su última mirada en este mundo?

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