Ir al contenido principal

JAQUE



Pocas personas como Josué pasan por este mundo y cuando lo hacen marcan a quienes los conocen, a veces basta un instante cerca de ellos, pero en ocasiones, para los más tercos, tiene que pasar toda una vida. Decir que él era un niño normal es una mentira completa, todos sus compañeros de clase sabíamos esto y cuando uno no se ajusta a los estándares que marca la sociedad como normal siempre será repudiado, incomprendido en el mejor de los casos, y por lo general morirá joven. En Josué no fue un defecto físico, ni siquiera mental, yo creo que pasó más por la espiritualidad y cuando uno falla en eso hace que el mundo a su alrededor se tambalee bruscamente por lo frágil y superficial que es su estructura.  Esta sociedad que se sostiene con alfileres forjados con el endeble metal de las costumbres y el dinero es delatada por personas como Josué, y cuando esto ocurre la sociedad se siente ofendida y se defiende, al principio yo encabecé la defensa de aquello que llamamos normal y que era puro, nuestro, justo y divino.
Josué ingresó a nuestra escuela para entrar al cuarto grado, nuestra escuela era exclusiva en todos sentidos pues éramos los hijos de las personas más ricas del país y algunos extranjeros llevaban a sus hijos a estudiar aquí, ser extranjero era la primera característica por la que no pasarías una buena infancia en New Heaven, que era el nombre del instituto, y Josué era más que un simple extranjero, no podía ni siquiera ocultarlo un solo segundo, su nombre lo delataba de inmediato y su personalidad lo reafirmaba, pero para nosotros lo primero fue que Josué no se presentaba a las clases los sábados. Si alguien pertenecía a los segregados, su castigo solía ser enorme, al contrario, si estabas en la élite y eras bueno en los estudios, tenías dobles privilegios y eras admirado y ese era mi caso.
Yo era normal, gracias a Dios, educado en nuestro valores, tenía un gusto soberbio por las cosas materiales y era un cabrón con un tremendo imán de popularidad, todo eso era muy importante en New Heaven si querías sobrevivir pues todos los padres de tus compañeros eran igual de influyentes y ricos que los tuyos, así que las cosas las tenías que poner en orden tú mismo desde el momento en que ingresabas; y para poner las cosas en orden tenías que ser despiadado con los extranjeros, con los débiles, con los que tiene defectos físicos, con los maricas, con los reservados y en realidad con todos en general, pero con los primeros tienes que ensañarte y ser especialmente cruel. ¡Dios mío! había que recordarles su lugar en cada momento y si ellos lo entiendan eran afortunados, lograrían salir de New Heaven un poco traumados pero vivos, sino lo entendías… bueno, imagínense.
New Heaven era como una prisión para niños y adolescentes condenados por las fortunas de sus padres a pasar todo el año, incluido el crudo invierno, lejos de ellos, aunque en algunos casos, como el mío, el no ver a tus padres era una bendición.
Yo tenía además una habilidad que me hacía todavía más temible e intocable: a mí nadie me vencía en el ajedrez, deporte rey en el instituto.
Lamentable a Josué nunca le enfrenté en el juego ciencia, él no jugaba, así que nunca tuve el gusto de vencerlo en ello. En realidad Josué no se destacaba en los deportes, ni en los estudios ni en las actividades artísticas, de hecho tenía la mala suerte de que hasta los maestros lo despreciaban pues tenía problemas para el idioma y no era extraño que le llamaran con calificativos despectivos a su raza cuando los desesperaba por su lento aprendizaje de la lengua madre.
Con Josué empleé todo mi maldito repertorio de abusador, pero nunca pude sacarle las lágrimas, y eso que su fisonomía te daba la impresión de que con el primer soplo de aire frío de otoño se derrumbaría como la hoja seca de un árbol. Eso me frustró mucho, en demasía, y me hizo, después de un tiempo y aunque me avergüence decirlo, llorar de coraje e impotencia (desde luego no lo hice en público). Fueron cuatro agotadores años de tortura para él y para mí que al final se habían consolidado en una rutina que nos agotaba a los dos; de hecho los demás fenómenos, que era el nombre común con que nos referíamos a los niños desadaptados, se sentían afortunados desde la llegada de Josué, no solo porque él distraía mi atención de todos ellos sino porque a su vez, cuando me frustraba con Josué y trataba de desahogar mi enfado sobre los otros con crueles bromas y burlas, él los defendía. Nunca crucé golpes con Josué pues él jamás te respondía, eran masacres las que yo le propinaba, pero nunca fueron peleas en toda regla, de hecho el muchacho no tubo nunca una pelea con nadie, creo que sabía que necesitaba pelear solo las guerras que podía ganar y si alguna vez se hubiese enfrentado a golpes conmigo el pobre chico habría ido a dar al hospital; pero el hecho era que a su manera Josué era un luchador: cuando le insultaba me regresaba silencio, cuando le golpeaba me regresaba silencio y si insistía me ofrecía… ¡silencio! Nunca le desprecié la otra mejilla, cuando no era él a quien molestábamos, se acercaba y se ponía entre nosotros y entre nuestra victima ¡Como me enfadaba aquello! Podíamos reírnos de él durante cinco minutos y él ni se inmutaba y en ocasiones, cuando todos paraban de reír, él continuaba el estruendo con sus propias carcajadas.

Ni yo ni nadie podíamos contra él. Lo peor era cuando a veces le mirabas y él se daba cuenta y te esbozaba una sonrisa ¿Qué demonios tenía el maldito? Ni siquiera nos tenía miedo y debo decir que a veces pienso que lo que nos tenía era lastima. Nunca nos delató con los maestros, aun y cuando las autoridades se lo exigían. En principio pensé que era una enorme cantidad de honor en una persona, pero hoy creo que era piedad.
Ya indiqué que Josué no era el único fenómeno, era solo el más fuerte de ellos, el más difícil pero no el único. Matías Elifaz era un tipo que provenía de buen linaje, pero que tenía la desgracia de haber nacido con labio leporino y además tartamudeaba. Una vez le molestábamos y hacíamos burla y Josué se plantó, como ya dije que lo hacía otras veces, entre nosotros que éramos un grupo de diez personas y Matías.
―Quítate de en medio basura ―le dije y le empujé al mismo tiempo, pero él no se movió.
Matías ya tenía lágrimas en los ojos y estaba por mearse en los pantalones.
No caí en el juego de Josué y seguí concentrado en Matías al que ya casi quebrábamos, entonces Josué volvió a colocarse en medio y volví a empujarlo fuera de mi camino. Entonces trató de ponerse en medio otra vez, pero mis secuaces lo detuvieron y al saber que le sería imposible soltarse comenzó a gritar de una manera anormalmente aguda. Su espantoso grito fue escuchado por algunos maestros que se presentaron hasta el lugar deteniendo nuestro momento de placer y desde luego preguntaron qué era lo que ocurría y todos contestamos que no sabíamos, excepto Josué y Matías que callaron. Al no entender nada, los maestros disgregaron el grupo y nos mandaron a los dormitorios. Me acerqué un poco a Josué para decirle que se había echado la soga al cuello, pero antes de que yo dijera palabra él me dijo con voz serena y tranquila y que escucharon todos.
―Y así será siempre que hagas infelices a otros― y se fue a su dormitorio, fui yo el amenazado y mi odio creció más.
En otra ocasión, Lisa Oholá estaba con todos nosotros en el aula mientras esperábamos tomar historia del arte, éramos primerizos en la educación secundaria y los grupos en esa etapa de la educación ya eran mixtos y además ya se daba por hecho que a todas la chicas les había iniciado su periodo, pero el reloj biológico de Lisa decidió ese momento entre clases para comenzar a funcionar. La pobre se dio cuenta y tratando de parecer lo más discreta posible se levantó de su pupitre y el compañero que estaba detrás de ella se dio cuenta de que la falda de ella estaba manchada con sangre, antes de que ella pudiese salir el compañero hizo público el hecho con un grito burlón, yo y los demás complementamos con risas la escena y Lisa se quedó petrificada llena de vergüenza justo enfrente de todos, y en eso el estridente sonido de la ventana haciéndose añicos nos hizo voltear la vista a todos en la dirección contraria. Increíble o no, Josué había echado su silla por la ventana, para su fortuna el salón estaba en la planta baja y no lastimó a nadie, pero todos callaron impresionados por lo que había hecho. Yo volteé hacia donde estaba Lisa, pero ella ya no estaba, había huido.

Mario Bera fue otro caso que nunca olvidare, el tipo jamás había dado señas de su condición durante su estancia en New Heaven hasta el último grado de secundaria en que un compañero le acusó de haber querido besarlo. Todos nos enteramos de eso a pesar de que la dirección del instituto trató de llevar el asunto con la mayor discreción posible.
Hipócritas, iban a expulsar a Bera y le habíamos preparado su despedida en la que humillaríamos cruelmente al marica. Recuerdo que el plan era tomar desprevenido a Bera, lo llevaríamos al baño y después de golpearlo íbamos a vestirlo con un uniforme de los que las chicas llevaban, el acto sería llevado a cabo justo antes del momento en que los directores nos informarían que sería expulsado. Mario entraría al salón vestido de chica o desnudo, lo cual era igual de denigrante, la burla sería memorable y así le daríamos una lección de moral. Todo fue bien hasta que lo metimos al baño pues justo en el momento que lo hacíamos Josué dio vuelta por el pasillo y nos vio, mientras golpeábamos a Bera todo el tiempo pensé que Josué entraría por la puerta y haría su acto de rutina para salvar a Bera, pero Josué nunca apareció, entonces realmente me asusté pues pensé que nos acusaría, pero continuamos y vestimos a Bera de mujer y ahí lo dejamos en el baño, tiramos sus ropas al bote de basura más lejano y el toque que llamaba a la siguiente clase timbró. No importaba mucho que Bera no saliera de ahí pues le delataríamos ante el director cuando no lo encontrara y preguntara por él.
Yo conocía al director, era un puritano y ni aunque encontrase a Bera desnudo o con ropa de chica y golpeado le absolvería de la tradición de anunciar su expulsión.
Todos estábamos en el salón impacientes y ansiosos. El director entró y buscó a Bera, no lo encontró y preguntó por él, yo levanté la mano y dije serenamente que la última vez que lo habíamos visto él estaba en el baño de hombres.
El director mandó al prefecto a buscarlo y el prefecto salía en ese momento del salón cuando entró Josué, nunca noté su ausencia y todos notamos su entrada: vestía el uniforme escolar de las chicas, sin prestar atención al sorprendido director, Josué se sentó en su pupitre como si nada. El muy maldito se burlaba de todos nosotros y nadie reía pues todos estaban impresionados.
El prefecto salió de todos modos y a los pocos minutos regresó con Mario que llevaba la ropa de Josué. Aun se le veían lágrimas, pero mantuvo la dignidad mientras el prefecto hablaba sobre los sodomitas y su expulsión del reino de Dios, mientras tanto Josué permanecía inmutable. El director anunció la expulsión de Mario Bera y mientras se retiraba dio la orden ―¡El joven de falda, a mi despacho!
Todavía serio pero no asustado, Josué se puso de pie e hizo camino detrás del director.
Nadie rio ni siquiera cuando Bera quedó solo con nosotros mientras recogía sus cosas, la mayoría estaban impresionados por el acto de Josué, ya fuese por su rebeldía mostrada ante el director, ya fuese por lo que había hecho por Bera.
Yo me retorcía en mi coraje.
Todos pensaban que sería el último acto de redención de Josué, yo personalmente creía que había llegado a su máximo y que le expulsarían por ello, pero lo cierto es que la justicia ganó: hubo reclamos de los padres de ambos chicos y también de los otros padres que habían escuchado de boca de sus hijos el acto de solidaridad de Josué quien ni siquiera cumplió castigo alguno y Bera fue reintegrado a la escuela solo para ser retirado de la misma por sus padres para cambiarlo de colegio, pero ya sin el antecedente de expulsión en las espaldas.
Cuando me enteré de ello me sentí decepcionado del director, pero imaginaba que él había quedado tan impotente como yo. Luego las semanas se convirtieron en meses y el tiempo poco a poco borró de mi cabeza a Josué que logró que New Heaven fuese un sitio tranquilo por mucho tiempo en donde los diferentes podían estudiar a nuestro lado sin ser hostigados por sus peculiaridades. Incluso pasaron unos meses que creo fueron felices para todos pues nadie ya lo molestaba a él ni a nadie, ni siquiera se le dirigía la palabra a menos que fuese estrictamente necesario. Josué no tenía amigos a pesar de todo lo que hacía (la gente sí que es ingrata).
Un día, hubo dos nuevos ingresos. Carne fresca pensé, y con la primera no me equivoqué. Su nombre era Rahab y era árabe musulmana, era huérfana, introvertida y era lisiada y deforme pues le habían arrojado ácido sobre el rostro. Era perfecta. Ni siquiera Josué podría devolverle su pierna derecha o su rostro.
La historia de Rahab era muy triste: sus padres habían muerto en un bombardeo en Kabul. Ella había confundido la parte exterior de una mina personal con un paquete de comida de la ONU y perdió la pierna derecha desde la punta del pie hasta su muslo; además perdió la vista en uno de sus ojos y su piel lucia extremas cicatrices por el ácido arrojado por su esposo (tenía 14 años cuando la habían casado) a su rostro cuando este se enteró de que su mujer, otrora bella, ahora era una lisiada inútil, eso la condenaba en su país a morir pues jamás podría casarse de nuevo y, siendo mujer, no tendría oportunidades.
La razón de que un ser como ella fuese aceptada en New Heaven tenía que ver con un acto de limosna de una rica empresaria y diplomática inglesa que la había encontrado de mendiga en las tétricas calles de Kabul. La adoptó y la llevó a Inglaterra, solo después se enteraron que su abuelo había sido un gran maestro del ajedrez hindú y que Rahab había heredado el genio de su abuelo; así, el encargado del equipo de ajedrez de New Heaven que era amigo de la diplomática, presionó a la dirección para que aceptaran a la chica en el instituto, ya que era la mejor opción para que la chica continuara sus estudios. El director, por supuesto, se negó, pero la diplomática movió sus influencias y amenazó con cerrar la escuela.
Rahab era como un juguete nuevo, un miserable que necesitaba sentirse más miserable pues su destino era ese y yo tomaría la responsabilidad de hacérselo saber. Pero debo hablarles de Raquel, el otro nuevo ingreso, era ella una hermosa chica y tenía la misión de hacerme miserable a mí pues me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Sus rubios caireles me hacían distraerme de mis labores académicas y sociales, su tibia mirada me hacía perderme y olvidar por completo a Josué y a Rahab. El problema era que ella siempre me evadía y me despreciaba. Yo no soportaba aquello y debía encontrar una forma de anular de mi mente a Raquel, entonces algunos compañeros me empezaron a hostigar diciéndome que teníamos que sacar a Rahab de la escuela, esta vez las burlas no les bastaban, veían inconcebible estudiar al lado de una persona que era nativa del país “cuna del terrorismo” y que causaba un fuerte dolor al mundo. Los musulmanes eran nuestro principal enemigo y el tenerla como compañera era inaceptable e inseguro, incluso a las niñas no les caía bien la chica pues tenía permiso especial para vestir ropa de su cultura algo que las demás consideraban injusto.
Así, fui elegido el caudillo que tenía que sacar a la árabe fuera de New Heaven, pero Rahab no era una perita en dulce, realmente tenía su carácter, era hostil con todos y no se hacía querer por nadie.
Josué nunca intentó hablarle como jamás había intentado con nadie y se mantenía distante de ella, como si supiera que Rahab era realmente una tarea muy dura si es que comenzábamos a molestarla, pero ese no era el plan, esta vez quise ser directo y planeé algo sencillo: esta vez la infamia evidente no sería mi camino sino que expulsaríamos a Rahab por la vía de la legalidad, arraigándonos a nuestras tradiciones y apelando a que la escuela tenía el derecho de reservarse la admisión, entonces comencé un juego que me venía como anillo al dedo: la política.
Hicimos huelga, no estudiaríamos hasta que Rahab estuviese fuera de la escuela y el director era nuestro principal aliado, pero me molestaba que no lo manifestase abiertamente, no podía. Cuando Rahab entraba a un salón de clases todos salíamos de éste, a veces el maestro se nos unía y no se impresionen, los prejuicios no necesariamente se borran con la instrucción académica; pero si Josué estaba en la clase él se quedaba dentro y ahora no me preocupaba pues sus actos de piedad ya no tenían el mismo efecto cuando de lo que se trataba era de defender nuestra cultura y civilización.
Ante auditorios llenos, yo leía los discursos que mis demás compañeros redactaban, todos me aplaudían y gritaban convencidos nuestra consigna: ―¡fuera los árabes!
No tardó mucho para que a la prensa comenzara a llamarle la atención nuestro movimiento que fue catalogado como xenófobo e intolerante por los más liberales, pero cual fue la sorpresa de todo el país al saber que nuestro gobierno nos apoyaba y aunque directamente no se hablaba de expulsar a Rahab del colegio si se hablaba de reubicarla en un instituto especial para su condición. Yo sabía que el gobierno también la quería fuera del país aunque no lo decían abiertamente. El movimiento ya había rebasado las fronteras del ambiente escolar y se había convertido en una polémica en todos los medios y Josué no podía combatir contra eso, era solo un muchacho y su poder era ahora tan limitado que no supe nada de él en los días subsiguientes a los que la noticia ocupó las primeras planas de algunos periódicos.
Pero la diplomática logró mantener a Rahab el tiempo suficiente para que ella participase en el torneo interno de ajedrez de New Heaven, del cual yo era el último campeón.
La semana del torneo gané todos mis preliminares y me enfrenté a Rahab en la final. Ella entró en el auditorio que estaba excepcionalmente abarrotado pues todos querían ser testigos del duelo entre occidente y el mundo árabe. La diplomática estaba ahí y también el director del colegio y algunos senadores e invitados especiales. Me di cuenta de la táctica de ellos, querían que Rahab ganara el torneo para ayudar a su permanencia en el instituto, pero yo no lo podía permitir, tenía puestas todas las esperanzas del mundo libre sobre mis hombros y esto me daba más fuerzas.
El formato de la final era a ganar dos de tres partidas y en la primera abrí con las blancas. Ataqué de inmediato y utilicé mi caballo con astucia mientras Rahab se defendía rabiosamente. Ella tardaba mucho en cada tiro y movía casi con el tiempo encima. Recuerdo que mientras ella pensaba su jugada yo le miraba fijamente a los ojos y nuestras miradas a veces se cruzaban, ella bajaba la vista casi de inmediato y tal situación yo la tomé como señal de debilidad. Terminé con casi todos sus peones y arrasé con su alfil en un sacrificio que no parecía serlo... pero que fue. Por un momento pensé que la partida estaba decidida a mi favor y que ella rendiría, pero me atacó por el flanco que menos esperaba y cambió la situación del juego, ahora yo era el que corría. Tuve una mala decisión en una de las encrucijadas del juego y el tablero se me vino encima lleno de piezas negras, nunca puede reponerme del primer jaque que me asestó.
Para la segunda partida tuve que mover con negras y planteé una defensa siciliana, ella se lanzó al ataque ahora de manera airosa. Me sofocó y pronto no supe qué hacer, era una pesadilla, todos los caminos estaban bloqueados y pronto me quedé sin dama, por lo que mi última esperanza era que un peón ganara la carrera hacía el límite del tablero y se coronara.
La persecución de ella fue tenaz aunque no se concentró siempre en esta, ya que manejaba y estaba atenta a todos los frentes. Cuando no podía mover mi peón, mi única esperanza, me daba rabia. Pensé en rendir, pero continué por pura dignidad y después, una casilla antes de tocar la gloria, supe que nunca llegaría a ella. Por otro lado, en los frentes descuidados Rahab había acorralado a mi rey, terrible error de principiante, hice un enroque, pero no fue por seguir una táctica sino una necesidad innata pues ninguna otra pieza podía ser jugada. Los últimos instantes de la partida Rahab jugó conmigo y me llevó por todos los rincones del tablero como a un perro. Finalmente caí en la telaraña que ella se esmeró en tejer y no pude mover más la pieza más grande de mi ejército. Ya casi todos se habían retirado del auditorio pues mi derrota en el segundo juego se había alcanzado a ver una hora antes de concretarse y les daba vergüenza. Así, con mi alma amargada, tuve que aceptar mi derrota.
No hubo aplausos para la ganadora, solo un silencio de tumba en el que alcancé a murmurar ―¿Cómo pudo ser? ― Rahab, que me escuchó, me dijo:
―Porque mientras tú creías que peleabas una guerra yo jugaba al ajedrez. Tú no tienes idea de lo que una guerra es y voy a ser sincera, espero en lo más hondo de mi alma que algún día lo sepas.
Terminado de decir esto, ella se levantó de la mesa y se fue, hizo crujir la madera del piso del auditorio de New Heaven con su muleta sin siquiera recibir su trofeo.
Mi depresión se vio ampliada los días subsecuentes ya que organismos internacionales y fracciones parlamentarias hicieron que lo de nuestra huelga no prospera más y amenazaron con citarnos ante un tribunal para menores si seguíamos con ese comportamiento. Era claro que no podía ganarle a Rahab en ajedrez y a la diplomática en la política.
Mi vida estaba acabada y recuerdo cuando el director me informó que tendríamos que soportar a Rahab en el colegio, me quede frío y vagué por los pasillos de la escuela sintiéndome miserable. Entonces, en ese momento todos salieron de clases, era la hora del almuerzo y al verme se reían de mí o me insultaban, todos me denigraban ahora, hasta mis más fieles camaradas me eran desconocidos pues me ignoraban en el mejor de los casos.
Un día, cansado de recibir escupitajos e insultos entré a un salón de clases que yo creía vacío y fue que miré mi peor pesadilla: era Josué y se besaba alegremente con Raquel, mi sueño platónico. Ni siquiera puede comprender aquello, es decir seguramente el chico tenía las mismas necesidades que cualquier otro adolescente, pero no entendía cómo era posible que se prestara para eso alguien había demostrado ser tan santo. Supe que estaba en el peor momento de mi vida. No les dije nada, corrí por los pasillos, llegué a la biblioteca y pensé en iniciar un incendio ahí para después echarle la culpa a Rahab y acusarla de que el mal corría por su sangre, diría que ella era inhumana por ser musulmana y que le había visto incendiar aquello y nadie le creería a ella pues yo era ahí el nacionalista y ella la extranjera. Entonces, en medio de mi llanto, recargado en los libreros llenos de libros de pastas viejas, me topé con un viejo reglamento de la escuela y comencé a hojearlo y por casualidad di con el artículo cuarenta, párrafo ocho, y grité en medio del eterno silencio de la biblioteca ―¡Eureka!
Cuando el director anunció que, si bien Rahab no era expulsada, si se le invitaba a retirarse de la escuela ya que su condición faltaba a los estatutos de la misma, yo estaba presente en su oficina haciendo como que limpiaba la repisa de los trofeos que él guardaba.

La diplomática, al verme preguntó qué es lo que yo hacía ahí y el director le contestó que yo cumplía un castigo, lo cual no era cierto desde luego.
Rahab no dijo palabra alguna y esta vez la diplomática no podía hacer nada, habló de leyes vanguardistas, de acuerdos internacionales, de injusticias sociales, de prejuicios raciales y toda su palabrería de justicia y comprensión, toda esa charlatanería se la llevó el viento.
El instituto se podría deshacer de la amenaza al fin, todo gracias a mí y al artículo que decía que la institución no podía recibir alumnos con salud deteriorada ni lisiados o incapacitados pues en New Heaven todos tenían que cumplir con sus jornadas de educación física y por tanto la institución no se haría responsable de la salud o de la muerte de un alumno en estas condiciones. En consecuencia no se aceptaban alumnos con incapacidad física. La regla databa de 1886, pero seguía vigente en los estatutos del colegio.
A Rahab le dieron dos días para marcharse y la diplomática decidió que los utilizaría para buscar en todas las instancias legales una respuesta. El director no mostró miedo a eso y dejó que Rahab permaneciera cuarenta y ocho horas más.
Desde luego, yo corrí la noticia entre el alumnado y me di mi crédito, todos me volvieron a admirar y volví a tener amigos de nuevo. Estábamos en el salón de clases y no había ninguna autoridad cerca y le grité a Rahab en su cara.
―¡Adiós, maldita cerda! ―bailé ridículamente frente a ella y después la despojé de su muleta y se la tiré por la ventana, algunos pensaron que había llegado demasiado lejos y que había actuado como cuando niño, pero igual se sentían aliviados de que Rahab estuviese fuera del colegio.
―Eres tan fea que nunca tendrías novio aunque tuvieses las dos piernas ―le dijo una compañera.
―¡Vete al infierno, por tu culpa nuestros soldados mueren en tu maldito país de mierda! ―dijo otro patriota.
―Hija de Bin Laden, la puerca que te parió te sentó sobre la mina que te hizo carne molida la pierna ―remató otro.
Y entonces, cuando nos reíamos más de ella y le arrebate el ridículo velo que llevaba en la cara y sus cicatrices se lucieron a la luz del sol, intervino Josué que pocas veces hablaba y cuando lo hacía me estallaba la bilis.
―Y sin embargo su mente es tan brillante que nosotros solo somos peones en el tablero donde ella es reina.
Cuando terminó su alusión al ajedrez supe que era personal, fui hasta su lugar y lo golpeé con todas mis fuerzas pero, como siempre, él no se defendía. Su pasividad no me importó, me cansé de golpearlo y miré que el pobre tenía la cara llena de sangre, pero una maldita sonrisa en su rostro, lo había hecho otra vez, nuestra atención se había desviado de Rahab hacia él. El maldito había ganado de nuevo pues ella había salido huyendo del aula. Pero aun así le dije:
―Maldito hijo de mierda, no importa porque ella se irá de esta escuela y tú no lo podrás impedir. Esta vez yo gané. Ahora soy yo quien me rio en tu cara.
Lo golpeé de nuevo y esta vez el maestro me vio.
Me reportaron solamente con una falta administrativa y al pobre de Josué supe que había ido a parar al hospital.
Al día siguiente desperté ansioso por ver el momento en el que Rahab sería diplomáticamente invitada a salir del colegio. Una gran sonrisa llenaba mi rostro y mi caminar era el de un triunfador, incluso me animé a hablarle a Raquel que de nuevo me ignoró y no me importó pues era el día, mi día.
El momento llegó, casi todos estábamos afuera en el patio y los jardines de la entrada de New Heaven pues la diplomática había fallado en encontrar apoyo legal y solo pudo traer a la prensa, estaba ahogada y su último recurso era crear una telenovela de esto, armar un drama en los medios, cuando tan solo defendíamos nuestra patria. Antes de que el director saliera con Rahab y la echara a la calle, una ambulancia llegó a las puertas del colegio y todo mundo se preguntó qué era lo que pasaba. De la ambulancia bajó una enfermera y un hombre y una mujer vestidos de civil; después otro hombre vestido con bata blanca.
Al hombre de civil se le acercaron todos los medios y yo corrí hasta la televisión de la cafetería en donde el canal cultural daba seguimiento al hecho de la expulsión de Rahab en su noticiero en vivo. El hombre, decía ser el dueño de la quinta parte de la gasolina refinada del mundo y llegaba a quejarse directamente porque la escuela había cometido una terrible falta con su hijo. La madre estaba desconsolada.
―¿Fue un accidente dentro del colegio? ―le preguntó el reportero y el hombre dijo que no sabía bien cómo explicarlo.
―Así siempre ha sido mi hijo. Es extraño. Él dice que se ha marcado el rostro porque... ¡Dios, esto es tan estúpido...! ¡Solo para apoyar a una alumna que será expulsada de aquí!
Quedé completamente petrificado y no supe cómo reaccionar. No podía ser... pero era típico de él. No, esperen un minuto, eso no era típico ni en los sueños más infames, ni en las mentes más abiertas y retorcidas, ni en las más mártires ni en las más santas. Todo mundo corrió a ver a Josué que ahora bajaba de la ambulancia y observé con horror como la cámara tomaba su rostro, se había cortado con el material de cirugía del hospital al que mis golpes lo habían enviado. Eso, junto con las marcas de mis golpes del día anterior le daban un aspecto lamentable, pero él seguía con esa leve sonrisa entre las marcas de la golpiza.
―Me han puesto anestesia ―dijo Josué a la TV ―y lo hago porque no es justo. No es justo que el país que es el primer productor mundial de minas antipersonales y no acepta firmar los protocolos internacionales para detener su producción use a su mejor escuela para expulsar a una persona que perdió su pierna con una mina que en el anverso decía "Hecho en...". Si la expulsamos yo prefiero marcarme de por vida, y una cosa más: así será siempre que quieras hacer infeliz a alguien.
Salí de la cafetería tambaleándome como un ebrio y ya afuera lloré como un bebe. Acto seguido llamé a mis padres y les pedí que me sacaran de ahí, pero solo me contestó la servidumbre. Rahab se quedó en la escuela gracias a la presión ejercida por la prensa nacional e internacional.
Después las cosas fueron algo distintas, Rahab continuó la educación media en New Heaven que estrenó directivos ese año. Además hubo un cambio de personal docente importante y se actualizaron los estatutos del colegio.
Uno podría creer que lo de Josué había abierto conciencias, pero poco fue su efecto, nuestro país es el primer fabricante de minas antipersonales y mierda y media más, y no ha firmado ningún protocolo internacional, de hecho se sigue pregonando que hay mal en el mundo y que es nuestro deber civilizar al mismo mostrándoles el camino de la democracia.
A Josué le hicieron un par de cirugías reconstructivas y su padre decidió donar el dinero para pagar también a los cirujanos que intentaron devolverle un poco de humanidad al rostro de Rahab. Durante nuestro último año en New Heaven, a veces me cruzaba en los pasillos con Josué, pero ahora yo era más introvertido que él; era yo ahora el que no hablaba con nadie, me había salido del equipo de ajedrez y no tenía ni novia, ni amigos y hasta era presa de las bromas de los que antes eran mis víctimas. Tuve la pequeña alegría de saber que Josué y Raquel habían terminado hacía mucho y que después ella no concertó ninguna relación con nadie en esa escuela, pero eso era poco consuelo.
Entonces, una vez que tomaba mi almuerzo solo, Josué se me puso enfrente. Realmente sentí miedo, era el único que faltaba por vengarse de todas las tropelías que le había hecho en el pasado y pensé que se atrevería a golpearme, pero fue peor pues de nuevo tenía esa macabra sonrisa.
―¿Qué quieres? ―me atreví a preguntar.
―Hablar ―dijo él.
―No tengo nada que hablar contigo. No esperes que después de todo sea tu amigo.
―No quiero eso.
―Entonces lárgate.
―A Raquel le atraías físicamente, pero nunca pudo entender porque eras tan... estúpido.

Al principio pensé que se burlaba de mí, pero no me enfade pues creía que era justo, era su chance de vengarse, tenía derecho, lo dejaría hablar y luego lo mandaría al hospital otra vez.
―Y he escuchado que Rahab dice que tú eres el jugador más difícil al que ha vencido jamás. El mejor. Y que contigo, esta escuela ganaría el nacional de ajedrez, pero que tampoco comprende porque eres tan… bueno, estúpido. Eso era todo. Adiós.
Josué se retiraba y no sé porque demonios le llamé, pero creo que mi curiosidad era enorme y vencí el miedo que él me infundía.
―¡Josué! ¡¿Por qué?!
Él se detuvo y no volteó, entonces continué.
―¿Por qué? ¿Qué acaso la vida no ha sido lo bastante cruel para que odies tan solo un poco? ¿Qué no ves que a los que defiendes igual te insultan y se burlan de ti? ¿Qué no ves que no puedes cambiar a este mundo ni a las personas?
El chico se volteó y me miró con su rostro todavía mermado por las cicatrices a pesar de las cirugías y el tiempo.
―Te cambie a ti, ya no molestas a nadie. Y lo mejor ya viene.
El tipo se fue y me dejó confundido y con dolor de cabeza.
El tiempo pasó y todos nos fuimos de New Heaven, era tiempo de entrar a la universidad, pero yo no elegí ninguna opción. Vagué, desperdicie mi vida e hice una barriga enorme a base de pizzas y cerveza. Jamás volví a ver a Josué ni a Raquel, pero me volví a encontrar a Rahab. Ella competía en un torneo de ajedrez en la misma ciudad europea de casco medieval en donde yo derrochaba la fortuna de mi padre.
Rahab había ganado el torneo que era al aire libre después de la partida final, el público comenzó a retirarse, nadie se acercó a felicitarla y se veía muy cansada. Me acerqué hasta donde ella estaba y noté que ahora usaba una prótesis en lugar de las muletas y que su rostro había mejorado en algo luego de tantas cirugías. Ella me miró y no dijo nada, pero comenzó a acomodar las piezas del tablero, no como para empezar una partida si no que tomó solo unas piezas y las colocó en una posición específica, al principio no lo recordé, pero en cuanto me di cuenta casi me vomito. Entonces ella dijo.
―Lo bueno de este juego es que el tiempo puede ser vencido. Las cosas sobre el tablero son etéreas y pueden regresar cuando gustes. Era tu turno, me tenías acorralada y yo ya estaba rendida y moviste el caballo y no el alfil, desprotegiste el flanco de esta torre por ser ambicioso y... tú sabes qué pasó. En tu vida no sé cuándo empezaste a mover mal, en la mía sé que todo se empezó a desplomar mucho antes de nacer porque me tocó mover negras. Tú en cambio comenzaste moviendo blancas, pero actúas tan defensivo. Era tu turno.
Me senté frente al tablero y esta vez no moví el caballo, fui por el alfil y seguí por otro camino y jugamos durante horas y pactamos tablas pues ella tenía que viajar a Praga al siguiente día para ir a otro torneo donde alabarían su juego de gran maestra, era la número 14 del mundo y única mujer ganadora del circuito, había vencido a las mejores computadoras y a los mejores maestros al menos una vez. No tenía hijos y su postura hostil ante todo no la había perdido, quizás por eso estaba sola a pesar de tener tantos admiradores. Su rostro había sido portada de la revista “Time” y aunque no era millonaria le alcanzaba para mantener una fundación contra las minas antipersonales y otra para ayudar a mujeres heridas por ácido en el rostro.
Ella se retiraba y apenas alcancé a darle las gracias. Me dio una sonrisa y hasta ese momento noté cuan hermosa era.
―¿Podríamos volver a jugar una vez más, desde el principio? No una guerra, solo jugar, solo quiero jugar ―le rogué.
―¿En Praga?
―En donde tú me digas.
Ahora era mi turno de mover y ya había desperdiciado muchas combinaciones. Quisiera decirles que luché contra las minas antipersonales del mundo, pero no puedo; quisiera decirles que cambié el mundo y eliminé de este todos los prejuicios raciales y de nacionalidades, pero tampoco puedo; quisiera decirles tantas cosas pero no, voy movimiento a movimiento, escribir esto fue uno de esos movimientos, ir a Praga fue otro, y sé que no es un gran sacrificio como los que solía hacer Josué, y ahora que han leído esto estoy seguro de una cosa: es su turno, usted mueve. ¿Qué va hacer?

Comentarios

Entradas más populares de este blog

SACRIFICIO DE CORDEROS

Había mucha gente por todos los recovecos de la parte trasera del escenario y caminábamos entre ese ajetreo con trabajo. La luz era tenue y había una espesa niebla debido a los juegos pirotécnicos utilizados por el grupo abridor. También hacía calor porque las innumerables lámparas que había por todos lados no dejaban de recordarte que estabas entrando a la sucursal del infierno que era un concierto de metal. El ambiente de espera provocaba el silencio impaciente, el tímido murmullo del público que aguardaba y que tal vez eran unas cuarenta mil personas. Yo seguía a Robert muy de cerca pues temía perderme en ese laberinto de cables y consolas, y es que si me perdía, mi falta de gafete que me diera permiso de estar ahí, haría que los gorilas de seguridad me echaran con violencia. Pero Robert era mi amigo y tendría yo que lavar su horroroso Rambler Gremlin 82 durante todo un año por este favor que me hacía: me había introducido clandestinamente a la zona reservada solo para los t...

EL PARAÍSO TERRENAL

S-10, cinco mil millones de años en el futuro. ―¿Sabe?, no viene por aquí mucha gente como usted― dijo el hábil conductor de la nave, un hombre de edad madura y poco cabello que sabía muy bien su oficio pues conducía dócilmente aquel transporte entre la tenue atmosfera de S-10; sin embargo, al no obtener respuesta de su pasajero, frunció el ceño e hizo un gruñido para llamar su atención. Solo entonces, el pasajero notó que el conductor de la nave había intentado establecer una conversación. ―¿Cómo dice? ―contestó el extraño pasajero que dejó de contemplar, por el cristal de la ventanilla, los primeros rasgos del agreste planeta S-10. ―Que aquí en S-10 no vienen muchos arqueólogos estelares― contestó el piloto más concentrado en las lecturas de altitud y velocidad del complicado tablero de instrumentos de la nave. ―Bueno ―contestó el extraño pasajero, interesándose por la plática que le ofrecía el piloto―, si encontraron lo que yo creo que encontraron, la razón del por qu...

LA TRAMPA

Cuando entré a la universidad sabía que me encontraría con gente de todo tipo, sin embargo nunca pensé que alguna persona me hiciera dudar de lo que creía y lo que veía. Nunca pude entender la magia hasta después de esa etapa, éramos metódicos, monjes de las matemáticas y dogmáticos de las explicaciones lógicas, pero ese hombre me hizo dudar de absolutamente todo, se llamaba Alejandro Pingala. Desde el principio de los cursos nos comenzamos a interesar en Pingala, él era un tipo sumamente divertido con un carisma que atraía multitudes. Él y yo, con otros jóvenes de nuestra generación estudiantil congeniamos hasta formar una espacie de sociedad que tenía el principio básico de jamás delatarse si es que alguno hacía algo incorrecto (y adorábamos hacer cosas incorrectas). En total, el clan lo formábamos cinco incluyéndome a mí, y nuestras diversiones consistían en, hacer toda clase de bromas estúpidas en clase hasta armar caos en los constantes actos políticos y tocadas de rock qu...