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CALISTA



Era un día de mayo en una isla del azul océano. Esa isla era mi hogar antes de aquel día y yo tenía nueve años de edad cuando todo esto sucedió. La isla, mi isla como yo la llamaba, era un paraíso para mí y para cientos de turistas que la visitaban en los meses previos al verano y al invierno. Específicamente, en el mes de marzo. Todo estaba full y mucha de la gente que llegaba eran surfers, personas que veían la vida de una manera distinta al resto de nosotros. A muchos de estos surfers les pagaban por divertirse y a los que no, encontraban en la diversión suficiente aliciente. La mayoría de ellos eran jóvenes occidentales que cada año llegaban puntuales a las grandes olas de la playa central, era en ese lugar donde rompían las olas más majestuosas de toda la isla y no pocos decían que del mundo entero.
Como ya iniciaba el verano, ya casi todos se habían ido, excepto unos cuantos chicos que seguían en la isla, atrapados por la tranquilidad y el hedonismo. Mi hermano y yo habíamos hecho estrecha amistad con casi todos los surfers que frecuentaban nuestra isla y era normal ya que a falta de suficientes hoteles, casi todos se habían hospedado alguna vez en la casa de huéspedes propiedad de nuestros padres en donde por una módica cantidad, y con la condición de que cada quien debía lavar su plato, se les daba buena comida y hospedaje a nuestros visitantes.
Entre nuestros mejores amigos se encontraba Mike Nessie, un hombre que decía haber triunfado en varias competencias de surf dentro del circuito internacional y que había visitado casi todas las playas del mundo; desde las más famosas como Malibú hasta las más insólitas como las de Namibia. Nessie decía que ya estaba retirado del circuito pues ya era demasiado viejo y a mí esto me parecía extraño pues el tipo apenas si pasaba de los treinta. En fin, cada año Nessie llegaba con una chica nueva y eso me ponía celosa, aunque cada vez él me decía, ―pero tú siempre serás la única―, yo sabía que era un juego, él era demasiado mayor para mí.
La chica de ese año era una muy amable, se llamaba Pisínoe, pelirroja, muy bonita y, a diferencia de muchas de las anteriores de Nessie, a ella no solo le gustaban los chicos del deporte sino también el deporte mismo, no era tan buena como Nessie, pero si se deslizaba mejor que muchas otras chicas y ese verano fue mi modelo a seguir. Yo pensaba que un día podría llegar a surfear como ella y tener un novio tan guapo como Nessie.
Otro personaje era Jacke y le decían el "Tiamat", no me pregunten por qué pues yo no lo sé, pero de que era un payaso, un guasón en potencia que intentaba los trucos más locos en su tabla, lo era. También recuerdo a los hermanos Jörmungandr que venían de uno de esos países de nombre impronunciable y de los que nadie se acuerda; eran tres excelentes boogistas, pero nadie podía comunicarse con ellos más que a señas pues no sabían ningún otro idioma conocido y creedme, su lengua era la más extraña del mundo.
Mi hermano y yo siempre íbamos a surfear después de ayudar a papa en la casa de huéspedes o si era día de escuela cada día después de clases. Eran jornadas de pura diversión que no se detenían hasta el anochecer aunque yo apenas era una principiante. Mi hermano en cambio era un master, se había ganado el respeto de muchos gracias a su notable habilidad para cabalgar sobre las olas, sin embargo no le llegaba a los talones a Bakunawa que era uno de nuestros amigos nativos de la isla.
Mentiría si dijera que los venidos del extranjero solo venían por nuestras olas. No. También lo hacían para competir contra Bakunawa ya que el tipo era mucho mejor que muchos de ellos, pero año con año rechazaba pertenecer al circuito internacional. Además, Bakunawa era de nuestra isla y por lo tanto nuestro orgullo, era un mago sobre la tabla y dominaba a las olas como espuma en la tina de baño. Su fama era tal que le encantaban las olas grandes, realmente grandes. Los extranjeros le admiraban y le ofrecían que se fuese con ellos, que entrara al circuito, pero no quería fama ni patrocinadores, por ello no dejaba nunca la isla, Calista.
En fin, aquel día todos ellos estaban ahí, en la playa central, nuestro gran desierto de arena que limitaba, por un lado, con las olas y, por el otro, por un acantilado de rocas volcánicas intrusivas milenarias de unos veinte metros de alto. Desde este declive de casi noventa grados hasta donde las olas rompían, había unos cien metros de distancia. Jamás una ola había llegado hasta el acantilado, ni siquiera en pleamar ni en las noches de luna llena o en las marejadas de los huracanes; para poder hacerlo debería ser una ola gigantesca y lo más que se veía en la playa central de Calista eran las de cinco metros del suelo a la cresta. Pero no las desdeñen, cinco metros convierten a una ola en un gigante. Creedme, tenerlas de frente justo cuando van a romper te pone la carne de gallina y te petrifica. Pero si llegas a tomar alguna tendrás los segundos más placenteros de toda tu vida.
Continuando con las olas y sus tamaños, se decía que Bakunawa había montado una vez una ola de quince metros, pero eso era mera leyenda. El juraba que sí, que había sido cuando había viajado a la isla vecina en donde un maremoto, que se había producido en la costa había formado la ola de puerto; pero nadie recordaba un maremoto, ni siquiera los más viejos, por otra parte Bakunawa no podía tener ni la menor idea de qué hacer en caso de un maremoto.
La tarde era soleada y mi hermano y los demás estaba en el agua, excepto Nessie y Pisínoe que tomaban el sol en la playa recostados sobre la arena, no muy lejos de donde yo jugaba.
Creo que eran algo así como las tres de la tarde pues yo ya tenía hambre y me había cansado de tallar las paredes de un castillo de arena. Así que tomé mi pequeña tabla y entré al agua en donde Tiamat, mi hermano y Bakunawa esperaban una buena ola, los Jörmungandr estaban cerca de las rocas y jugaban peligrosamente a esquivarlas. Llegué rápidamente hasta donde estaba mi hermano gracias a que se presentó una calma chicha.
―¿No pescan nada? ― pregunté.
―Cállate, no es nuestra culpa, no hay olas hoy ―dijo mi hermano que descansaba sentado sobre su tabla.
Todos esperamos un rato y nada, entonces por fin se divisó algo, pero ellos pensaron que era muy pequeña, así que mi hermano me dijo:
―Toma la que viene y vete― yo sabía que se quería deshacer de mí, pero aun así le hice caso.
Iba a demostrarles, pero la ola era mala, rompió muy rápido y sin forma, me revolcó hasta la playa y el que te revuelque una ola, no importa si es la primera vez que entras al mar o eres un surfer experto, es horrible. Me levanté atontada, con agua en los oídos y escuché como se reían de mí los que atrás habían quedado. Busqué mi tabla y miré que la resaca la tenía presa. Corrí tras ella, pero me detuve porque no era una resaca normal: se había alejado mucho, demasiado.
La playa se comenzó a hacer más y más grande, le grité a mi hermano, pero él estaba ocupado en su propia sorpresa, entonces cuando los pepinos y las esponjas comenzaron a quedar expuestos al sol fue que me espanté. La tabla ya no me importó más, solo me quedé petrificada.

Mi hermano me gritó que corriera, que corriera lo más rápido posible y alcancé a ver que él y Tiamat nadaban desesperados hacia la playa, lo increíble es que Bakunawa nadaba hacia mar adentro. Al principio yo no hice nada, solo observé cómo se comenzaba a formar ese enorme muro de agua. Bakunawa trataba de tomar aquella muralla y yo no podía correr. En medio de mi petrificación sentí que alguien me haló por la espalda, me cargó y corrió conmigo a cuestas; era Nessie y al mirar hacia atrás observé que mi hermano había logrado salir del agua y ahora corría unos cincuenta metros detrás de nosotros, entre las piedras y corales que le cortaban los pies y que habían sido descubiertos por el efecto de formación del tsunami. Yo le gritaba que se apresura y volteé hacia las rocas en donde los Jörmungandr habían estado y ahora habían desaparecido, y después miré el suelo y puede ver que la ola ya nos hacía sombra. Y elevado sobre ella estaba Bakunawa.
¡Juro por Dios que lo vi montar aquello! Era una columna monstruosa de agua en azul profundo. Fue solo por unos segundos, después Bakunawa se precipitó y cayó justo cuando la ola comenzó a quebrar. El ruido era ensordecedor, como el sonido de una locomotora. No, ¡de mil locomotoras!, y la ola comenzaba a acercarse a una velocidad impresionante hacia nosotros. Se tragó primero a Bakunawa y después, cuando rompió por completo se escuchó como el trueno. Observé con terror como Tiamat que corría todavía con su tabla en la mano detrás de nosotros desapareció cuando la ola le cayó encima... Entonces Nessie me bajó y me dijo que subiera de prisa por el acantilado. Mientras él se quedó a ayudar a Pisínoe a subir. No sé cómo lo hice, pero tuve suerte de no detenerme ni un instante y encontrar apoyó en cada paso que daba hacia arriba. Justo cuando llegué a la cima miré como el agua, ahora henchida en espuma y revuelta en arena, se tragó a mi hermano y venía directo hacia mí, no había tiempo para llorar aunque sé que las lágrimas me escurrían sobre el rostro mientras corría.
Cuando sentí el impacto del agua creí que era el fin, aguanté la respiración lo más que pude hasta que sentí un fuerte golpe en mi brazo y en mi cabeza. Después no supe qué paso ni cómo es que me aferré a esa palmera, solo sé que desperté y el paisaje era desolador a mí alrededor pues, no había nada más que agua y escombros. Era de noche, pero aun así noté que la playa había desaparecido y por un momento pensé que toda la isla lo había hecho, pero ya con la luz del alba pude ver tierra firme y traté de nadar hacia uno de esos promontorios, y fue que me di cuenta de que mi brazo estaba muy lastimado. Fue un terrible dolor que fue peor que el que sentí en el momento en que el tsunami me revolcó, pero infinitamente cosa de nada que el que sentí cuando vi que se tragó a mi hermano.
A la mañana siguiente, un bote pesquero me rescató del agua y me llevó a tierra, o lo que quedaba de esta pues la mitad de la isla, la parte más baja, había desparecido bajo el mar. Todo era confusión y afortunadamente el agua no se llevó mi casa así que al llegar a esta y ver a mis padres fue fantástico. No así cuándo me preguntaron por mi hermano, solo los miré y comencé a llorar. Fue después que me abrazaron se dieron cuenta de que necesitaba atención médica urgente.
Hubo unos cien muertos en todo el archipiélago y algunas de sus islas más pequeñas habían desaparecido por completo. Entre esa horrible estadística se encontraba mi hermano, cuando encontraron su cuerpo era un enorme saco de arena. Los cuerpos de Nessie y Pisínoe se encontraron en peores condiciones pues la ola los había estampado de frente con las rocas del acantilado y literalmente los había molido en ellas. Nessie me salvó la vida y el pensar que no haya corrido lo suficientemente rápido debido a que cargaba mi peso atormenta mi conciencia. Nunca encontraron los cuerpos de ninguno de los Jörmungandr ni el de Tiamat. La isla tampoco tuvo la oportunidad de tener un cuerpo de Bakunawa así que en su tumba solo se haya una tabla de surf. Durante mucho tiempo conté lo que le había visto hacer a Bakunawa ese día antes de que la ola se lo tragara y el relato se convirtió en una leyenda, otra más. Yo no volví a tomar una tabla en años, pero cuando logré vencer mi miedo lo intente de nuevo. Hoy, surfeo cada vez que puedo.

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